El melón del porteo N adie quiere ponerle la etiqueta más acertada. Durante años hemos preferido mirar hacia otro lado buscando los términos más adecuados para dulcificar la realidad. Así empezamos a hablar de comercio atípico y a justificar incluso que mujeres avejentadas cargaran kilos a sus espaldas.
Construimos unas naves justo al lado de la frontera por algo y mantuvimos años de permisividad en torno a muchas de esas naves para seguir mirando a otro lado. Solo cuando las muertes empezaron a ser preocupantes las autoridades comenzaron a plantearse dudas.
Temían responsabilidades, acciones judiciales que no llegaron. Fue entonces cuando, por miedo propio y no ajeno, se abrió el melón del porteo. Después llegaron más muertes y la sociedad reaccionó y las asociaciones acudieron a otros foros para exigir que esto cesara. Europa, en connivencia con los silencios oficiales, respondió como siempre lo hace: sin decir ni hacer lo que debía.
Ahora Marruecos nos sorprende con esto: quiere saber el impacto social y económico del porteo. Y lo sabe pero es la forma de justificar posteriores decisiones que deben llegar a un escenario que también le pasa factura.
El melón del porteo se ha abierto de la forma más brusca. Para partirse en múltiples trozos. Cada parte está jugando sus bazas, aunque sorprende que sea ahora cuando han sembrado el camino para su punto y final. Estamos ante un escenario de estrategias que no van por delante, se mueven como serpientes hasta que todos conozcamos y asistamos al fin de un negocio que pasará a la historia dejando demasiadas incógnitas como el nulo reconocimiento que durante años se ha hecho del trabajo de los camalos. Las semillas van plantándose poco a poco en el espacio Tarajal.






