Casi dos años después de que Timothy Bradley derrotara, por decisión dividida, a Manny Pacquiao, el pasado día 12 el tagalo volvió a demostrar que era netamente superior al estadounidense como púgil, algo que ya conocía la gran mayoría de seguidores del boxeo.
Aquella derrota ante Bradley en el año 2012 había sido una auténtica vergüenza admitida, de hecho, por la OMB, que después de aquello convocó a cinco jueces para que analizaran si el veredicto había sido, en su opinión, correcto, optando los especialistas por la victoria del filipino. Pese a ello, en aquel combate contra Bradley comenzó la particular dinámica infausta de Pacquiao que continuó con el terrible KO de Márquez en el sexto asalto del combate celebrado en diciembre de ese mismo año, el cual le mantendría alejado de los cuadriláteros hasta noviembre del pasado curso.
Fueron meses complicados. El boxeo, en un lapso de apenas seis meses, había condenado a Manny con una derrota injusta y un posterior KO sin remisión en lo que parecía ser el apagón de una de las estrellas más rutilantes de la historia del boxeo. El regreso ante Brandon Ríos generó una expectativa considerable, no tanto por la calidad del estadounidense sino por comprobar cómo respondería Pacquiao tras un año de recuperación tanto física como psicológica. Finalmente, Ríos caería por decisión unánime tras la conclusión de los 12 asaltos reglamentarios, lo que parecía presagiar que el “Pacman” no estaba del todo muerto. Una realidad que cuajó con la derrota de Bradley el pasado sábado por una decisión similar.
Pese a que incluso su entrenador, Freddie Roach, reconoció que se sentía culpable por no haber intuido correctamente la estrategia desplegada por Bradley, basada en emular a Márquez en la búsqueda de una derecha definitiva, Pacquiao supo reaccionar con gran capacidad al estilo planteado por el yanqui. Ante las provocaciones de Bradley para generar un error en la defensa del “Pacman” y mandarlo a la lona, este supo obedecer las órdenes de su esquina, fijar su guardia y desgastar progresivamente a su contrincante.
Si bien es cierto que el filipino aún conserva gran parte de su velocidad, no parece que pueda ya, a sus casi 36 años, imponerla con tanta regularidad ni inyectarle tanta fuerza como otrora. A Manny le basta con su descomunal talento, uno de los más grandes jamás disfrutados, para derrotar a figuras de la talla de Timothy Bradley, pero afirmar que el filipino ha vuelto en su esplendor o incluso “como siempre”, tal y como se ha plasmado en innumerables medios, es faltar a la verdad desde mi punto de vista. Pacquiao ha vuelto a ser competitivo, ¿qué duda cabía?, pero es muy complicado que alguien pueda argumentar en qué puntos se sostiene la idea del regreso del gran Manny Pacquiao. La victoria puede ser importante, pero la manera de conseguirla es, en este caso, determinante para poder calificar el tipo de triunfo. Por supuesto, se trata de una contundente respuesta a quienes querían retirar de la élite a Manny, pero en ningún caso este ha demostrado que puede seguir siendo el chico enérgico que danzaba y golpeaba con una velocidad indescriptible frecuentemente. Ahora, debe gestionar con mayor cabeza sus recursos, elegir los momentos adecuados para descargar sus combinaciones y ser consciente de que sus puños no son tan mortíferos como en sus tiempos de bonanza. Así se comportó contra Bradley tras casi una primera mitad de combate en la que ciertamente le costó ubicarse dentro de la táctica del norteamericano.
Una vez asentado en el contexto, se desenvolvió como pez en el agua al observar cómo aquel no estaba dispuesto ni preparado a plantearle más que derechas potentes, lo cual provocaba que su agotamiento se multiplicara exponencialmente. El castigo paciente y silencioso (aunque no siempre) de Pacquiao se impuso por una decisión unánime poco discutible a tenor de lo exhibido sobre el cuadrilátero y en las estadísticas oficiales. Se confirmaba el regreso de Pacquiao, pero no del Pacquiao de siempre.





