Cuando ellas peleaban cada mañana por sacarnos adelante nadie hablaba del día internacional de la mujer trabajadora. Ni ellas mismas reparaban en esa lucha titánica que comenzaba cada mañana con la preparación de la corte de críos que tenían a su alrededor. Llegaban a todo, nunca las escuchábamos lamentarse, se esforzaban por saber de nuestros deberes aunque ellas nunca habían tenido la oportunidad de ir al colegio, intentaban conseguir para nosotras lo que ellas nunca tuvieron. Hoy, cuando el bombardeo político, sindical, social y mediático nos recuerda que se celebra la jornada de reconocimiento a la mujer, a una le da por acordarse de su madre. Recordarla es intentarse hacerse el cuerpo a cómo tenía que ser esa vida en la que los niños se juntaban uno detrás de otro, en donde se pasaba de lavar pañales a preparar los desayunos de los más mayores para luego atender las papillas de los chicos. Tenían todo listo para sus hijos, sacaban adelante la casa en una época en la que la conciliación ni se soñaba y se buscaban la vida como podían para obtener un dinero y ayudar a sacar adelante la economía familiar.
Esas ‘madres monumento’ han sido nuestras auténticas heroínas, han conseguido desde su lucha íntima y particular darnos una vida mejor, ofrecernos lo que ellas nunca tuvieron, darnos unos valores y una educación sin tener siquiera una fuente de donde beber. Pero ellas eran especiales, eran y son especiales. No pudieron tener escuela pero han sido nuestras mejores maestras, luchando como jabatas en un mundo difícil en el que los logros se alcanzaban poco a poco, a un ritmo demasiado lento.
La celebración del Día de la Mujer se ha ceñido a un lanzamiento de notas de prensa, a una lectura de comunicados con los mismos compromisos que llevamos escuchando año tras año. Nos hemos subido a un carro de celebraciones, olvidando que hubo quienes dieron su vida por nosotras para, cuando menos, darnos una oportunidad. Ellas no la tuvieron pero quisieron que sus hijas sí. En nuestro mundo desarrollado hemos alcanzado muchas metas gracias al tesón de quienes no han sido reconocidas. Esa es la misma batalla que hoy se repite en otras sociedades que, como la nuestra, tiene sus propias luchadoras, sus heroínas de carne y hueso: la fuente de la vida que ha sido nuestro cobijo y nuestro motor.
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