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El círculo de la amistad

Algo más arriba el arroyo cultivado crece durante siglos el alcornoque. El anciano viajero se aposentó bajo la sombra de un bonito ejemplar, y pronto pudo disfrutar de la hospitalidad del lugar, tanto del agua de la poza como de las zarzamoras de alrededor. Los signos y letras de aquel magnífico libro, leídos con sigilo, indicarían la proveniencia del extraño individuo, -pensaría el niño agazapado tras unos matorrales-. Porque... ¿qué es aquello que nos lleva a vivir en libertad, sin ataduras, sin carro? ...¿Qué es aquello que nos lleva a caminar por la vida con un libro y con los pies descalzos?
Diez mil son los caminos que te ofrece la vida, dice el atlas de la amistad. Sólo los más fuertes y avezados en el estudio pueden satisfacer una magnitud tal. Porque... ¿hacia donde dirigir los pasos si el camino se vuelve de zarza y pedregal?... ¿hacia donde la mirada, si la llanura se seca, y el sol quema tus ojos allá por el inmenso arenal?
Es así, cuando al borde de la inanición y casi aturdidos, levantamos la cabeza y avistamos un mundo desconocido: la noche infinita, el reino de la luz, de la belleza ancestral. Allí, un coloso de talla descomunal sostiene las estrellas con el único empleo de sus artes y de su ciencia, que es la amistad.
Es entonces que el niño salió de su escondite y se dirigió al viajero, no sin cierta grandeza:
“Hola señor, mi nombre es Pepín Sandía. Me gusta hacer amigos, y el año que viene iré a la escuela. En la escuela me enseñarán de donde vengo y hasta donde puedo llegar; los números, las viñetas y la historia de la Edad”.
“Eso que dices es cosa para celebrar, -señaló el individuo-. Si quieres, durante el verano, te mostraré aquello que se esconde detrás de los recuerdos, el secreto de los sueños, y las riquezas que el alma se deben encontrar”.
Pepín Sandía cerrará sin saberlo el círculo de su pueblo, el círculo de la amistad. Si la amistad es la fuerza por la que se unen las estrellas, ¿qué no hará con dos almas gemelas?
Es así que el niño aceptó su tutela, y juntando ambos las manos, hicieron el juramento primordial: “Luz de luz en el perfecto linaje. El agua del arroyo de Calamocarro dotará de salud a los hombres que la bebieron, y cobrarán así vida centenaria”.
Entonces, el viajero dio a probar a Pepín el agua de su calabaza, quien sometido a una fuerte emoción se retiró a su cabaña, bajando un poco el sendero, donde le esperaba su padre. Al día siguiente, apenas recordará lo sucedido. Tan solo sentirá inquietud por el saber, que es lo que debe distinguir a un chaval en el mañana de la luz y de la amistad.

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