Homenaje a Antonio Machado en el 77 aniversario de su fallecimiento.
Este chopo, abatido y recostado sobre la suave orilla del río, me ha recordado al instante otro árbol: el olmo de Antonio Machado, caído en la ribera del Duero. No tengo necesidad de recurrir al libro, ya que al menos el primer cuarteto, lo sé de memoria:
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
A este chopo también le han crecido algunos tallos y hojas nuevas. Es posible que, si no viene nadie a trocearlo y llevárselo para hacer madera aglomerada o abono vegetal, al cabo de algún tiempo, estos tallos sean ramas que darán sombra al paseante y cobijo a los pájaros de las cercanías. Los moverá la brisa como ahora mueve las copas de los árboles próximos y en ellos los mirlos y alondras instalarán sus nidos. Todo no se lo lleva la muerte y, a veces, como el ave Fénix, renacen las plantas.
El chopo me ha llevado al olmo y el olmo al poeta, Antonio Machado, uno de mis grandes autores preferidos. Lo que todavía no sé muy bien es qué admiro más en él: si al poeta o al hombre. Hay páginas suyas que toda persona con sensibilidad no podrá olvidar jamás. Baste como ejemplo este brevísimo poema, premonición de la guerra civil:
Españolito que vienes
al mundo, te salve Dios:
una de las dos Españas
ha de helarte el corazón
O el final de aquella conmovedora carta a su amigo José María Palacio, en la que después de evocar todas las delicias de la primavera soriana, termina pidiendo al amigo que suba con un ramo de rosas al cementerio del Espino, donde yace Leonor, el gran amor de su vida:
Palacio, buen amigo,
con los primeros lirios y
las primeras rosas,
sube al alto Espino, al alto Espino,
donde está su tierra”.
O, para terminar esta sucesión de citas, su lírica evocación de aquel inolvidable 14 de abril de 1931, fecha en que el pueblo español, tomaba en las urnas las bridas de su destino:
Con los primeros lirios de los bosques y las últimas flores de los almendros, de manos de la Primavera, llegaba la República".
Pero, al lado de estas páginas y otras como éstas, que uno llevará ya siempre prendidas en la mente, está la imagen del hombre sabio y bondadoso, que supo compartir con su pueblo hasta su última gota de dolor. Gravemente enfermo tomó, en compañía de todos los perseguidos y derrotados, el camino del exilio y allí murió en el pueblecito de Collioure en un humilde hotel de la calle que ahora lleva su nombre. El pasado 23 de febrero se cumplieron exactamente setenta y siete años de aquella triste e inolvidable fecha. Yo no puedo olvidar la unción y el profundo respeto con que en junio de 1968, en compañía de Antonina Rodrigo y Eduardo Pons Prades, visitamos mi mujer y un servidor aquellos lugares: el hotel, la calle que ahora lleva el nombre de Antonio Machado y el cementerio. La tumba del poeta y de su madre, Ana Ruiz, está a mano derecha, a la entrada. Un detalle inolvidable es que alguien, que había pasado antes que nosotros, había dejado unas flores sobre la tumba. Eran flores de tres colores -rojas, amarillas y moradas-, exactamente igual que la bandera que él había izado en compañía de otros republicanos en el balcón del Ayuntamiento de Segovia aquel memorable catorce abril y después con tanta constancia y denuedo la había estado defendiendo con su pluma durante toda la guerra civil. Era, qué duda cabe, el mejor homenaje que la España heroica y perdedora podía ofrecerle al poeta que siempre estuvo a su lado. Estas humildes y apresuradas líneas, aunque escritas muchos años después, también pretenden unirse a ese homenaje.





