Cuando la víspera de Halloween del año 1938, Orson Welles puso en antena el radio teatro La guerra de los Mundos centenares de personas se echaron a las calles víctimas del pánico al creer que, en efecto, la Tierra estaba siendo invadida por los marcianos. Tal fue el realismo y la dramatización llevada a cabo por el propio Wells que la ficción, una vez más, superó la realidad. Aparte de que Wells era un maestro de la puesta en escena de obras preñadas de tintes melodramáticos, en aquellos años los platillos volantes, los marcianos y la esperada invasión de la Tierra estaban a la orden del día. No era raro, pues, que los periódicos recogieran noticias del avistamiento en algún lugar de Norteamérica de un platillo volante o de la caída de uno de ellos en algún lugar intrincado, y, acto seguido, de la aparición de individuos verdes con aspecto más o menos repulsivo. Qué duda cabe que el contexto en que se vivía y la obsesión popular por todo lo relativo a platillos volantes, marcianos y demás parafernalia ayudaron a Welles a imprimir espanto y terror en el ánimo de los millones de ciudadanos que estaban pegados al receptor de radio aquella noche, víspera de Halloween.
En estos días tan descreídos, tan tecnificados y tan poco dados a emitir radio teatro a través del receptor, ¿sería posible que otro Welles nos infundiera tal terror hasta el extremo de que nos echaríamos a las calles muertos de miedo y/o colapsaríamos las centralitas de la policía? Va a ser que no, por usar un modernismo al uso. ¿Qué, entonces, nos espantaría o nos movilizaría, repito, en estos tiempos tan descreídos? ¿El aviso de un tsunami? ¿Un acto de terrorismo? ¿Qué, entonces? ¿Me creería, amigo, si le dijera que el anuncio del cónsul belga en Calcuta, India, de que niños indios serán adoptados y criados en Bélgica –medida a la que pronto se le ha dado marcha atrás debido a que el consulado ha sido invadido por una turba de desarrapados y hambrientos ciudadanos–, ha sido el detonante de que un millón de hindúes, alentados por un gigantón de espantoso y repulsivo aspecto, se hayan embarcado en un centenar de herrumbrosos y obsoletos barcos y, como dios les ha dado a entender, han puesto rumbo a Europa? Supongo que no, que no me creería. Tal vez sea el signo de los tiempos.
Pues bien, en 1973 (ojo a la fecha), el escritor francés Jean Raspail publicó un libro tremendo y demoledor en el que la tesis del mismo era ésa: que un millón de hambrientos y desarrapados hindúes se embarcaban, en la India, en un centenar de cochambrosos y herrumbrosos barcos para poner rumbo a Europa. Es pura ficción, es una parábola, como la llamó Raspail, pero su lectura causa escalofríos. Contiene tal dramatismo y realidad que en ningún momento se advierte que es mera ficción. Es una novela inquietante, profética y de rabiosa actualidad. Imposible abandonar su lectura sin saber en qué va a quedar todo lo que allí se cuenta. El campamento de los santos causa adicción, y, cuando se llega a la última página, te deja sumido en la angustia, en el espanto, en el horror de que todo lo que ahí se describe pudiera suceder algún día. Tan así es, que los hechos que se describen en esta novela ya están aquí, ya suceden gota a gota, forman parte de nuestra vida cotidiana. Los medios, en mayor o menor medida, dan fe de ellos.
La historia se alterna entre la reacción de los franceses ante la inmigración masiva que se les viene encima, pues allí, al sur de Francia, se dirige la flota de los “nuevos bárbaros”, y la actitud de los inmigrantes, que no desean en modo alguno asimilarse a la cultura francesa, sino que desean el goce de todo aquello de lo que carecen en su país nativo, India. Asimismo, aunque el foco de la novela incide en Francia, el resto del mundo comparte su fatal destino. Aparte de elegir Francia por ser país de origen de Raspail, llama la atención que el núcleo principal de la novela se desarrolle en ese país (¿augurio?). Ahí, en Francia, es en donde “la izquierdosa enfermedad del multiculturalismo ha minado todas las defensas naturales” para resistir la invasión de los “nuevos bárbaros”. Curiosamente, nadie está dispuesto, en la Francia de la novela, a decir que esa flotilla de desheredados deber ser parada a toda costa en algún punto de su viaje. Por el contrario, izquierdistas, liberales y cristianos de la otra mejilla serán partidarios de dar la bienvenida a sus hermanos hindúes para que compartan la riqueza y el confort de Europa. Los quintacolumnistas y multiculturalistas enarbolan el mantra de que la civilización procedente del Ganges, que va en esos barcos, enriquecerá culturalmente a un continente en bancarrota desde el punto de vista cultural. ¿Le suena todo esto, amigo?
Finalmente, el domingo de Resurrección, la flota de barcos herrumbrosos encalla en las costas del sur de Francia, ante la desbandada de los habitantes locales, que han abandonado todo pensamiento de acoger a una familia hindú de los barcos, y han huido al norte del país. Muchos de los periodistas progresistas e izquierdosos abandonaron sus radios y periódicos y desaparecieron, eso sí, llevándose sus barras de oro, camino de Suiza (los apóstoles del multiculturalismo son los primeros en poner pies en polvorosa). El ejército fue enviado a la zona para evitar el desembarco, pero los soldados tenían dudas de si la misión de los “blancos” era disparar sobre ciudadanos desarmados. En este punto, uno de los representantes del gobierno le dice a otro que no contara con el ejército si tenía, de algún modo, el genocidio en su mente. A lo que el otro le replica: “Entonces, eso justamente significa otra clase de genocidio… el nuestro”. Acto seguido, las tropas abandonan sus armas, las tiran, y echan a correr. Grupos de hippies y cristianos de la otra mejilla, que habían venido al sur para darles la bienvenida a sus hermanos hindúes, también dan la vuelta y echan a correr tan pronto como les llega el olor de los recién llegados. “¿Cómo una buena causa podía oler tan mal?”
Obviamente, la capitulación de Francia arrastró a los demás países, tanto del Este como del Oeste. Hubo una sola excepción: Suiza. El único país que se resistió a caer bajo la turba de los “nuevos bárbaros”, pero, claro, la presión internacional la aisló, como si de un estado fallido se tratara, por no abrir sus fronteras a la marabunta inmigrada. Como es natural, “las Naciones Unidas abandonaron Suiza con su vanidoso cortejo de organizaciones humanitarias”, se lee en la última página del libro. “Pero Suiza se vio también socavada en el interior. La bestia minó sus contrafuertes, pero con tanta cautela que éstos requirieron más tiempo para desplomarse. Y Suiza se olvidó gradualmente de reflexionar con excesivo ahínco. (…) Cada vez se ejerció más presión del exterior y del interior. (…) Suiza se vio obligada a negociar. No hubo escape alguno. Hoy ha suscrito el convenio”, así acaba la novela. ¿Le suena, al amable lector, todo esto? Repare en esta frase: “Suiza se olvidó gradualmente de reflexionar con excesivo ahínco”.
En el prólogo de la edición de 1985, Raspail escribió que “en cada nivel –naciones, razas, culturas, también individualidades– es siempre el alma la que vence las batallas decisivas. Y Occidente está vacío, no tiene alma”. La historia que Raspail narra en El campamento de los santos no es tan diferente de lo que ha sucedido en los pasados treinta o cuarenta años en Europa. La única diferencia es que en la novela sucede en meses lo que en realidad podría durar décadas. Parece que aunque la raza blanca no coopere decididamente a su destrucción, el tiempo sí lo hará. Como escribe Raspail: “ La proliferación de otras razas pone en peligro nuestra propia raza, mi raza, irreparablemente camina hacia la extinción el próximo siglo, si nosotros nos agarramos firmemente a nuestros principios morales, ninguna raza suscribe esos principios morales –si eso es lo que realmente son–, porque ellos son armas de la propia aniquilación”. La fascinante y convincente novela de Raspail es una llamada a la raza blanca a reavivar su sentido de raza, su amor a su cultura, y a estar orgullosa de su historia, ya que él sabe que sin nada de eso desaparecerá. Para terminar, un pensamiento del autor sobre su obra: “Probablemente no ocurrirá como yo lo he descrito, ya que El campamento de los santos es solamente una parábola, pero finalmente no será muy diferente”. En resumen, El campamento de los santos profetiza el peligro de invasión y el hundimiento de la civilización occidental ante la ‘pacífica’ invasión de un millón de ‘nuevos bárbaros’. (Un consejo, amigo, léala. Le impactará y le hará reflexionar. Que no le engañen).





