Rescate en alta mar, en la madrugada del domingo 10 de junio, de parte de los 629 inmigrantes que han sido rescatados por el barco "Aquarius", al que se le ha impedido atracar en Italia y Malta. El presidente del Gobierno español dio hoy instrucciones para que el barco pueda atracar en el puerto de Valencia para evitar una catástrofe humanitaria. EFE/Oscar Corral
600 personas en busca de un puerto. 600 hombres y mujeres perdidos en el mar, en un gran barco que no encuentra puerto para recibir una mínima asistencia humanitaria. Son reflejo de una gran tragedia moral y social, que se extiende como una plaga maligna por toda la población. Nadie los quiere tras ser rescatados por Médicos Sin Fronteras y Sos Mediterranée.
Los lamentos de su capitán que advierte de la falta de alimento para aguantar más tiempo parece que no remueven conciencias. No lo hace ante las autoridades de esa Europa que clama por unos derechos humanos que ella misma pisotea. No lo hace ante una sociedad que ha arremetido contra el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, por dar instrucciones para que ese barco pueda atracar en Valencia.
Lo que es una obligación no solo política sino también moral ha obtenido su réplicas en unas redes sociales que arden con declaraciones de todo tipo. No me sorprenden. Cada vez que escribo sobre inmigrantes, recibo todo tipo de críticas (algunas por cierto demasiado bajunas pero nunca firmadas).
Lo que me asusta es el destino que estamos buscando a este mundo capaz de mirar a otro lado y dejar que 600 personas mueran en un barco, condenando a los infiernos a aquellos que ofrecen una vía de solución.
Como decía mi compañero Adrián, ‘las cabezas no están bien’. No, no lo están. Tampoco los corazones. Tampoco este mundo que sigue incluyendo en su calendario fechas de celebración de paz, sigue sanando sus culpas ofreciendo donativos para apadrinamientos internacionales mientras escupe a una auténtica tragedia que se repite a diario en nuestras vallas y ahora la tenemos representada en un barco a la deriva.
El ‘efecto llamada’ es la excusa preferida de los partidos que han dado ejemplo de unas atrocidades de las que nos arrepentiremos en un futuro. Lo haremos si conseguimos mantener la conciencia y cierta pureza intelectual que nos permita ver que no, que lo que se hace no está bien, que estamos permitiendo que el monstruo de la inhumanidad se adueñe de todos nosotros buscando justificaciones sin sentido, argumentando excusas impropias de una democracia.
La decisión de Sánchez no debería haber sido la suya, sino la de toda una comunidad internacional que calla y ejecuta muertes en vida. Como miserables.
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