Al salir de Sarria aquel 23 de junio (hoy hace dos años), no sospechaba que sería para mí un día inolvidable. Amaneció algo brumoso pero un poco más tarde, el Sol se impuso radiante.
Los peregrinos, muy numerosos, contagiados por el entorno, caminaban alegres, relajados y saludándose como si se conocieran de toda la vida. Los ciclistas que con sus vistosas vestimentas aportan una simpática nota de color, con cierta frecuencia interrumpían nuestra marcha.
Seguimos en la montaña. El Sol está en todo lo alto y al no haber árboles, subiendo una suave pendiente el calor se intensificaba, y cuando la sed más apremiaba vimos en la lejanía una pequeña aldea. Al llegar, unos caminantes la gozaban ante un generoso chorro de agua, otros se descalzaban para refrescar sus doloridos pies en el pilón contiguo, mientras los ya saciados llenaban sus cantimploras e iniciaban la marcha.
Un poco más adelante, a escasos metros, nos topamos con una fuente a la sombra de un enorme árbol. Está adornada con unas imágenes y otros objetos que algunos peregrinos han depositado en ella para testimoniar su paso y agradecimiento.
Dejamos satisfechos aquel bendito "oasis". Llaneamos durante un buen rato hasta iniciar la bajada por una pronunciada pista asfaltada que algunos ciclistas aprovechan para aumentar la velocidad, al tiempo que la hacen derrapar con la intención de abrirse paso entre los viandantes. Ante esto, yo decidí ceñirme al margen izquierdo sin percibir el bordillo del asfalto, que a modo de burdo escalón se encontraba camuflado entre unas plantas. Un traspiés, perdí el equilibrio y caí sobre el codo derecho. Rápidamente vinieron a socorrerme de tal modo, que pronto me vi rodeado de varios peregrinos que solícitos intentan ayudarme: unos me consolaban, otros me formulaban preguntas, otro me acomodaba la espalda...Mi amigo Ray, muy nervioso, llamaba a la ambulancia mientras yo tiraba con fuerza del brazo hasta colocármelo en su sitio. Al poco rato llegó la ambulancia. Los enfermeros con suma delicadeza y profesionalidad me trasladaron a un hospital de Lugo donde me operaron para la colocación de una prótesis. El Camino se había acabado para mí ese día, pero en septiembre lo retomaría desde ese mismo lugar, ya cerca de Portomarín porque entre otras razones , nunca me ha gustado dejar los asuntos a medias.





