La admiración por el poder humano siempre ha existido. El poder material (mucho más que el espiritual, pero también éste), la riqueza, el mando, la autoridad-hasta la más básica- o el dominio en cualquiera de sus facetas siempre han generado fascinación. Supongo que ha sido porque está grabado a fuego en nuestra naturaleza más primitiva.
El estar cerca del que ostenta cualquier tipo de gloria nos hace semejantes a ellos, convirtiéndonos -eso creemos o pretendemos-en poderosos, ricos o famosos.
De ahí surge el fenómeno seguidor de internet o los frikis que imitan a sus ídolos de manga, creyéndose con poderes sobrehumanos, o los fieles que rezan para alcanzar las más altas esferas del poder en otra vida.
Nuestros jóvenes (la gran mayoría) se conforman con seguir a deportistas extraordinarios, que gracias a su haber curricular parecen actores o modelos. En eso consiste el ‘efecto Ainhoa’ en Cristiano Ronaldo- chico normal cuando empezó- mega estrella ahora gracias a sus millones de seguidores. Se ha transformado físicamente, es evidente, pero además genera un efecto en quien lo ve (el efecto Ainhoa) de parecer mucho mejor por el hecho de ser quién es.
Pero no se fijen solo en él o en todos aquellos que han llegado a metas internacionales gracias a sus méritos deportivos, porque el chaval de equipo local que mete goles los domingos en secundaria o el pívot del equipito de baloncesto también gozan del efecto Ainhoa porque no nacieron guapos, pero ahora lo parecen gracias al famoseo venial de los aplausos, las anotaciones y las liguillas.
Lo hemos visto mucho en las películas americanas...por dios no me digan que en Grease, Travolta era guapo, pero bailaba de fábula, porque cantar, cantar, más bien maullaba. Guapo no sé si era, pero se las daba. Eso sí.
El ‘efecto Ainhoa’ es así, como el caso de Rosa que mientras estaba en la Academia parecía Cenicienta rediviva, pero desgraciadamente para ella, rompió el encantamiento en cuanto salió y adelgazó, no volviendo a generar la misma simpatía, ni el mismo enfervorecido amor que cuando estaba dentro.
A mí los héroes de pacotilla me causan ardor de estómago, supongo que porque los griegos con sus tragedias y dioses tan humanos me gustaban demasiado. Nunca me ha hecho mella el ‘efecto Ainhoa’, porque prefiero a los cerebritos, que no me digan que un tonto guapo no pierde mucho en cuanto abre la boca para expresarse, en cambio un sabio solo habla ya se convierte en irresistible. Al menos para mí. Si lo pienso con detenimiento, no es más que el ‘efecto Ainhoa’ llevado a la categoría mental, de seguimiento incondicional para creernos más inteligentes como ellos.
Puto ‘efecto Ainhoa’ que se regenera y acrecienta con matronas haciendo gym en TikTok para hacernos creer que podemos revertir la grasa convirtiéndola en magro, ganchilleras diciéndonos que haremos una colcha casera en cuatro lecciones magistrales o esas cremas tan mágicas que aseguran que usándolas nos borrarán las arrugas , solo porque le hacen efecto inmediato a quien no pasa de los veinte años.
Creo que volveré a los dioses griegos muertos, tipo Aquiles o Héctor, porque ya no pueden hacer nada más- o peor- que lo que hicieron. Así ni decepcionan, ni se devalúan, y qué te den ‘efecto Ainhoa’.
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