El hallazgo de otro cuerpo sin vida entre las rocas de Calamocarro vuelve a poner de manifiesto el permanente drama que nos acompaña en una Ceuta, ubicada en plena frontera sur, que se ha convertido en receptora de tantas tragedias. Ayer los GEAS sacaban del mar el cadáver de un marroquí, enfundado en traje de neopreno, horas después de que otro joven tangerino falleciera en el hospital a donde fue evacuado tras caer de los bajos del camión al que se había aferrado. Son historias dramáticas permanentes, muertes de jóvenes de poco más de 20 años que únicamente tienen en común su fuga de Marruecos por la vía más peligrosa, la del mar; huidas con ánimo de cruzar a Ceuta o de marchar, directamente, a la Península. Detrás de estos episodios hay familias rotas, destrozadas o ausentes por desconocimiento de que sus seres queridos murieron en el intento de pase. La labor de los profesionales de la Guardia Civil y la de tantos y tantos implicados en causas humanitarias pasa por intentar conocer la historia de estos jóvenes para, al menos, calmar a sus familias. Si triste es una muerte, también lo es el no poder comunicar a la familia lo que sucedió perdurando su agonía e incertidumbre.
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