La figura histórica de Don Juan Carlos I como Rey de España no necesita del paso del tiempo para ser analizada con sosiego y con la tranquilidad que ofrece la distancia, porque desde el minuto uno se convirtió en el timón de la democracia española. Un timón que supo agarrar con fuerza en los primeros años de inestabilidad porque eran
muchos los enemigos de la democracia, desde la extrema derecha hasta ETA. Y su fuerza, su convencimiento y su ahínco hicieron que se pudiera ir superando los obstáculos que se fueron interponiendo en el camino. Porque han pasado cuarenta años y no queda más remedio que echar la vista atrás para darse cuenta de que el camino recorrido ha sido importante, muy importante. Porque España ha pasado de ser una nación apartada de Europa y del resto del mundo a convertirse en una de las primeras potencias mundiales. Porque España nunca había conocido un tiempo tan prolongado de libertad, de progreso y de democracia como el encarnado en este reinado de Juan Carlos I. Y cuando los ciudadanos volvieron a ser los verdaderos garantes de la soberanía popular, tal y como recoge la Constitución española, supo dar un paso atrás y convertirse en un Rey constitucional que ha sabido, sin que nadie se lo enseñara, ser un modelo de árbitro entre las diferentes instituciones. Por supuesto que también han existido errores, como en cualquier obra humana, pero en un período de ocho lustros, la balanza cae por su propio peso hacia el lado de lo positivo, de los beneficios para todo el pueblo español.
Seguramente que muchos criticarán el instante elegido para dejar paso a su hijo, Don Felipe de Borbón pero, sin embargo, entiende que ha prestado un nuevo servicio a España y así lo entendemos también nosotros, para que la Monarquía vuelve a ser ese revulsivo que necesita nuestro país, al igual que lo fue a mediados de la década de los 70. Este país necesita de ilusión, de fuerza, de ahínco y nadie mejor que quien reinará dentro de unos días como Felipe VI para encabezar esa causa común que significa situar nuevamente a España en el lugar de donde nunca debió dejar de estar.
Se abre un periodo nuevo que los españoles debemos vivir con absoluta normalidad, porque nuestra Constitución, la Carta Magna de todos los españoles, ya tenia en su articulado el camino a seguir si se producía una circunstancia de este tipo.
Don Juan Carlos I permanecerá en el corazón de todos los españoles, porque su manera de entender la alta institución que ha ocupado durante 40 años, hizo que los ciudadanos se definieran durante muchos años como “juancarlistas” y no como monárquicos porque la institución aún no estaba consolidada. En estos ocho lustros hemos aprendido que el papel del Rey como árbitro entre las diferentes instituciones, como marca la Constitución, ha sido esencial. Por supuesto, que Don Felipe no recoge el testigo en los mejores momentos, pero se ha preparado para ello durante toda su vida. Ha tenido a su padre como el mejor espejo en el que mirarse y aplicar todo lo bueno que Don Juan Carlos ha hecho.
Pero también en este editorial tenemos que hacer referencia a una fecha histórica para nuestra ciudad, el 5 de noviembre de 2007. Una fecha que ya es historia en Ceuta, porque después de 32 años de reinado se producía la tan anhelada visita de los Reyes a nuestra ciudad. Y los ceutíes supieron responder como saben hacerlo en las grandes ocasiones. Y esa respuesta llegó al corazón de Su Majestad porque así lo ha comentado en varias ocasiones.
El 2 de junio de 2014 es ya otra fecha para la historia de España. El Rey que supo traer la democracia a España deja paso a su hijo y ha dado el mismo paso hacia un lado que un día su padre, el Conde de Barcelona, con gran altitud de miras, supo realizar en un acto que tuvo lugar en el Palacio de la Zarzuela cuando le transmitió los derechos dinásticos que un día le legó su padre, el Rey Alfonso XIII.
Decíamos que los españoles debemos vivir esta sucesión en la Jefatura del Estado con normalidad, porque así lo establece la Constitución. España no está para vivir aventuras y experiencias que otros están dispuestos a proclamar. Los experimentos no son para la España de hoy.
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