Leo la carta que ha escrito Navila, la mujer del joven Yusef que murió mientras realizaba pesca submarina en el Sarchal. Once días después de esa tragedia, la ciudadanía pasa página, se olvida atrapada en una frenética cascada de noticias en la que se repiten en demasía las malas. Siempre mucho más que las buenas. Para la gran mayoría de lectores, esta historia se olvidó; pero no para Navila, una viuda que se ha quedado con un niño de meses a su cargo y que tendrá que armarse de valor para salir adelante. Los 11 días de dolor darán pie a otros muchos más porque la diferencia entre ella y el resto, es que en su caso las circunstancias fatales pesan como una losa complicada de soportar.
Navila expresa en una carta preciosa el amor que sentía por quien fue su esposo. Una carta nacida del corazón, preciosa y única. Una carta que nos ha hecho volver a visionar a Yusef, el vecino del Recinto al que muchos apreciaban y por el que muchos no perdieron la esperanza de encontrarlo vivo hasta que la realidad más dura ofreció el peor de los resultados: el hallazgo de su cadáver en el mar.
Esos 11 días de dolor tienen reabrir un debate que nunca debió cerrarse. El relacionado con cómo se actuó aquella noche, el que dejó y sigue dejando demasiados interrogantes sobre el procedimiento de búsqueda del cuerpo y la habilitación de medios para atender a los familiares y amigos que de una manera improvisada se reunieron en el entorno del Sarchal. Todo eso falló.
De lo que pasó aquella noche no se puede pasar página, porque hacerlo así sin más significa que ni aprendemos ni seremos capaces de resolver otros casos que, desgraciadamente, volverán a suceder.
Aquella noche se suspendieron labores de búsqueda sin dar explicaciones a la familia, aquella noche no se atendió de inmediato el dolor concentrado en muchas personas porque no se trasladaron expertos para ayudarles a canalizar las duras emociones. Aquella noche lo que sí hizo alguien fue mandar a la Policía Nacional a desalojar a personas que solo querían buscar a Yusef -menos mal que sus agentes fueron cabales-. Aquella noche nadie supo dar una explicación convincente a los que no podían entender cómo en cualquier otro caso sí salen las embarcaciones y rescatan vidas pero en esta ocasión no se hizo.
Todo esto debe ser respondido, analizado y tenido en cuenta. Pero no se ha hecho. Y eso es, además de indignante, muy preocupante para una ciudad que hace cuantiosos simulacros pero que fue incapaz de reaccionar como debía ante un caso real. De eso hay que hablar, de esos 11 días de dolor hay que reflexionar.







Sin duda, las explicaciones son necesarias. Sin duda una vida justifica todos los simulacros y los medios dispuestos para el rescate de personas. Sin duda el dolor de quienes quieren a las personas desaparecidas merece respeto y atención.
La existencia de protocolos y las decisiones tomadas en base a estos no justifican la ausencia de otras que, igualmente deben estar protocolizadas, como a atención a los familiares.
Cuando sólo queda la esperanza no debe ser nada fácil aceptar los protocolos, y mucho menos ver como aquellos en quienes se confía cuando las cosas van mal abandonan sin explicación, aunque es bien seguro que ninguna explicación es suficiente cuando de una vida humana se trata.