Opinión

¿Estamos, realmente, dispuestos a cambiar de opinión cuando recibimos nuevas informaciones?

Es frecuente que, con independencia de los conocimientos que poseamos y sean cuales sean nuestras capacidades mentales, en muchas ocasiones seamos categóricos, dogmáticos y tajantes. A pesar de que nuestras visiones de las realidades son parciales y subjetivas, a veces tendemos a absolutizar nuestras afirmaciones que, en la mayoría de los casos, están apoyadas en experiencias, en ideologías, en convenciones o en hábitos culturales heredados.

Si prestamos atención, es probable que advirtamos que solemos resistirnos a ver con claridad un hecho cuando creemos que nos impedirá alcanzar nuestros objetivos y, entonces, preferimos contemplar el mundo con una lente distorsionada. Algunos incluso creen que el auto engaño es beneficioso para la salud mental porque, según ellos, la visión realista conduce a la depresión mientras que el pensamiento positivo u optimista tiene efectos beneficiosos.

En esta obra Julia Galef -especialista en la toma de decisiones- nos explica de manera clara y detallada las conclusiones a las que ella ha llegado tras serios análisis psicológicos, sociológicos y antropológicos, y nos advierte, en primer lugar, que saber razonar no es la panacea y que, de hecho, “lo que más limita el buen criterio no es el conocimiento, sino nuestra actitud ante la vida”. Distingue, opone y explica mediante metáforas las dos maneras opuestas de enfrentarnos a los problemas: la del “soldado” y la del “explorador”.

El primero aplica un “razonamiento motivado”, se apoya en motivaciones inconscientes que influyen en sus comportamientos, racionaliza los errores, evita pensar en los problemas y no digiere bien las críticas; el segundo, por el contrario, desea ver las cosas como son y no como le gustaría que fueran, reconoce que se equivoca, duda de sus afirmaciones y cambia de ideas.

Es “explorador”, efectivamente, quien está dispuesto a cambiar de opinión cuando recibe una nueva información. Me han resultado especialmente prácticas las abundantes herramientas que nos proporciona para reforzar la mentalidad de explorador como, por ejemplo, las técnicas de introspección que identifican nuestras maneras de razonar de forma tendenciosa. Estoy de acuerdo en que somos fáciles para engañarnos a nosotros mismos porque racionalizamos nuestros errores, aunque, en ocasiones, los reconozcamos y, a veces, no queramos ver la verdad.

La mentalidad de explorador, sin embargo, nos impide engañarnos a nosotros mismos, cuestiona nuestras suposiciones y nos orienta para que revisemos nuestros planes. Efectivamente, todos somos unas mezclas de exploradores y de soldados y, por eso, todos podemos aprender a mejorar nuestros juicios calibrando nuestros prejuicios. Confieso que esta obra me ha resultado, además de oportuna, sugerente, clarificadora y notablemente práctica.

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