Ocurre a veces que una película tiene un mar de fondo suficiente como para como para que exista debate posterior, largo y tendido si uno quiere, porque la temática a la que se agarra el guión es suficientemente potente, de actualidad o de interés general y cotidiano.
Estos argumentos son precisamente los que convierten a una floja película, comedia más de trazos gruesos que de momentos de lucidez, con los que también cuenta, en un pretexto para la reflexión. La película, obra del realizador cuasi novel Diego Núñez Irigoyen (autor de la serie La vida breve, de Movistar+), se sumerge sin complejos ni tampoco vergüenza en el cainita mundo empresarial denominado “moderno”, esta vez de la mano de Netflix (hay que buscarse la vida y un día estás con una compañía para verte al día siguiente con la competencia, la vida en estado puro…).
Bebiendo del esperpento realista berlanguiano, perdónenme el sacrilegio, la producción pone como escenario una empresa de quesos española cuya última gran idea/ocurrencia es la de organizar un retiro rural para fomentar el espíritu de equipo en el pueblo donde precisamente se fundó dicha empresa. Llamen ustedes al retiro “team building”, y tendremos sobre la mesa una modernez que puede ser tan necesaria como innecesaria, tan útil como inútil, dependiendo de la disposición de los participantes, la concepción de previa de la idea y la inteligencia de la puesta en marcha del asunto. Pero, eso sí, da un toque sofisticado que puede dar por bueno en bonos de “políticamente correcto” el presupuesto invertido, que sin duda se saca de recortes en otro departamento.
En este caso, lo delirante es que la macro gincana que propone la quesera se va a convertir en una competición de supervivencia de la que dependerá que los participantes sean o no despedidos. No, no puede ser muy legal, pero tantas cosas hay en el mundo laboral que no lo son, que no deja de tratarse de una exageración con cierta gracieja.
El grupo cuenta con las caras conocidas de Maribel Verdú, la jefa despiadada instigadora del potencial “juego del calamar”, y de Alexandra Jiménez, Pedro Casablanc o Raúl Tejón como sufridos, más o menos aplicados empleados.
Hasta aquí la película, que poco más aparte de la comedia convencional aporta, y el comienzo de la parte que realmente merece la pena resaltarse, que no es otra cosa que el proceso de introspección, que merece realizarse, sobre si merece la pena regirse por un libro de estilo en el que no resulta más exitoso quien más duro trabaja, sino quien más aplaude al jefe, aportándole falsa sensación de confianza, en un mundo en el que no vale más quien dice la verdad, sino quien sale en la foto correcta, en el que no se valora más al mejor compañero, sino al amiguete que acaba viviendo mejor que nadie porque los afines no van nunca a “pisarle la manguera” alterando su bienestar en claro perjuicio de aquellos que se lo han montado peor socialmente, porque han dedicado ese tiempo a realizar su trabajo y por ello han acabado con la peor parte del pastel (y como señalen la injusticia se convierten automáticamente en “malos compañeros” para los que ven peligrar su status quo.
¿Merece la pena venderse a ese postor, comprar esas reglas del juego tan españolas a cambio de tu propia dignidad? Dependerá de las circunstancias de necesidad, de la cantidad de dignidad que tengas o de lo que seas capaz de soportar por mantenerte firme, pero ya haber dado vueltas a este asunto supone mucho más de lo que saca uno de la mayoría de películas que ve, generalmente mejores que esta…
Dirección: Diego Núñez Irigoyen.
Año: 2026.
País: España.
Duración: 93 min.
Género: Comedia. Comedia negra. Trabajo/empleo.
Intérpretes: Maribel Verdú, Alexandra Jiménez, Pedro Casablanc, Raúl Tejón, Ismael Fritschi, Victor Rebull, Blanca Martínez, Saturnino García, Pepe Viyuela.
Guion: Cristóbal Garrido, Adolfo Valor.
Música: Arnau Bataller.
Fotografía: Maria Codina.
Productora: Zeta Studios, Netflix. Distribuidora: Netflix.
Estreno en España: 11 septiembre 2026.
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