Zarpamos desde Motril el lunes 10 de agosto de 2026, a mediodía, en un velero de doce metros que parecía más pequeño de lo habitual cuando cinco personas intentan convivir en él. Rumbo a Cabo de Palos, con la intención de aprender, navegar y contemplar el eclipse de sol desde algún punto del Mediterráneo donde la luna nos regalara casi la totalidad. Lo consiguió: más del 98 % de ocultación, según las efemérides del Instituto Geográfico Nacional. Un privilegio que la naturaleza concede muy pocas veces en una vida.
La vuelta estaba programada para el viernes, 14 de agosto, al mismo puerto. Por mi parte, además de aprender mejor las apasionantes técnicas de la navegación, también era interesante experimentar el comportamiento que tenemos las personas cuando se ha de convivir en condiciones especiales y difíciles -falta de espacio, calor, movimientos bruscos por el oleaje o el viento, dificultades para preparar las comidas-. Pero, como nos recuerda Claude Obadía en Pequeña filosofía del océano: La navegación, más que una actividad de ocio, más que un placer, más incluso que un deporte, es una auténtica experiencia filosófica en la que el navegante solo puede confiar en sí mismo y ponerse a prueba para actuar en el momento oportuno.
La mar, como siempre, comenzó examinándonos desde el primer minuto. Una filtración de agua en los camarotes de popa -vieja conocida del barco- decidió intensificarse. Achicamos con calma, como quien resuelve un problema doméstico en mitad del océano. Pronto compartimos en grupo una exquisita comida. Sin grandes excesos, pero con los ricos productos de la huerta de nuestro capitán. La escasez de viento nos impedía usar con eficiencia las velas. A cambio, el mar nos compensó con la presencia de un pequeño grupo de juguetones delfines que parecían querer jugar con nosotros. Fondeamos en una cala de Roquetas de Mar, donde el mar se volvió espejo.
El segundo día transcurrió sin sobresaltos: algún atún cruzando la superficie, un problema menor de motor, el viento tímido que nos permitía avanzar a ratos. Llegamos a Garrucha al caer la tarde. Desde allí partiríamos hacia el sureste, buscando el punto exacto donde el eclipse se mostraría en toda su grandeza. A las 19:35, tal como anunciaban los astrónomos, la luna comenzó a morder el sol. Desde el barco, la visión era limpia, casi solemne. En menos de una hora, el día se volvió extraño: la temperatura descendió unos grados, el viento pareció detenerse y el Mediterráneo adoptó un tono metálico, como si contuviera la respiración. Comprendí entonces por qué los pueblos antiguos interpretaban estos fenómenos como señales de los dioses. La prensa había proclamado que “todos seríamos mejores personas” después del eclipse. No sé si es cierto, pero algo se movió dentro de cada uno de nosotros.
Cuando la luna inició su retirada, el sol emergió entre nubes con unos rayos verticales que parecían lanzados desde un astro rey. El espectáculo era sobrecogedor. Y pensar que algo así no se veía desde hacía casi un siglo, y que nosotros teníamos el privilegio de poder contemplarlo en este lugar y momento, desde el mar y frente a Cabo de Gata, uno de los parejes naturales más hermosos de Andalucía.
Después del baño en las zonas de fondeo permitidas y de una cena tranquila, la tripulación comenzó a transformarse. El argentino, exjugador de rugby, suavizó su rudeza. La ingeniera de telecomunicaciones multiplicaba viajes para traer viandas a la bañera. El bioquímico especializado en neurociencia empezó a hablar más… incluso a contar chistes. El capitán austriaco, bohemio y autodidacta, dejó de ponerse nervioso con nuestras torpezas. Y yo mismo, que no entendía algunas “manías” del grupo, comencé a justificar las pequeñas rarezas que nos agriaban el carácter. Quizá el eclipse no nos hizo mejores personas, pero sí más conscientes de nuestras luces y sombras.
La escala en Adra nos permitió descansar y saludar a un viejo amigo italiano, dueño de un velero escuela. El viernes, antes de zarpar, observamos la ciudad despertar a las seis de la mañana: coches, autobuses, cafeterías abiertas… la vida terrestre, tan distinta de la vida marina.
Por fin zarpamos a eso de las 9 de la mañana. A las dos en punto llegábamos al puerto de Motril. La operación de amarre al pantalán se complicó algo debido a un problema con los cabos de proa, que habían cruzado su posición por error de alguien. Esto dificultaba toda la operación. Un navegante veterano se acercó a darnos un consejo de cómo preparar el barco para zarpar, sin percatarse de que estábamos amarrando, no saliendo. La mar enseña, pero también confunde.
He cumplido mis objetivos: he aprendido a navegar mejor, he convivido cinco días con personas de carácter diverso, he contemplado un eclipse inolvidable y he confirmado lo que decía Claude Obadía: Navegar es embarcarse en una aventura del pensamiento; es hacer pequeña filosofía de la inmensidad.
La mar no solo nos lleva: también nos transforma.
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