El nicho número 205 de la galería Santiago Apóstol acoge desde ayer el cuerpo del subsahariano que fue encontrado en el mar el pasado viernes. Un joven que fue enterrado sin identificación alguna, ya que ni portaba documentos ni se ha localizado a compatriotas que hayan podido informar a las fuerzas de seguridad sobre quién era ese hombre alto (superaba los dos metros), de no más de 25 años, y que habría fallecido en torno al 10 de octubre al ahogarse en el mar.
Pasadas las doce y media de la mañana el párroco de la iglesia del Valle era el encargado del responso antes de que los funcionarios del cementerio procedieran a sellar el nicho en el que descansará por siempre. Otro inmigrante más enterrado en la galería de Santiago Apóstol. Y ya son varios los que en hilera, identificados o no, han encontrado en Santa Catalina su descanso eterno. “Pidamos con humildad por nuestro hermano”, rezaba el padre Cristóbal, “pidamos perdón por sus pecados para que lo reciba el Señor entre sus brazos”.
La historia de este inmigrante se cierra a medio camino de su marcha, cuando pensaba alcanzar el otro lado para probar suerte después de un periplo marcado por anécdotas y episodios que sólo él conoce. Ese es precisamente el drama de la inmigración, el que escupe historias como ésta, en las que resulta imposible siquiera calmar la desesperanza de esa familia que estará esperando una llamada en África.
Los inmigrantes que han llegado a la ciudad ocupando las últimas balsas intervenidas por la Gadir o la Benemérita no reconocen la pérdida de ningún compañero. Nadie en el CETI le echa de menos, nadie sabe de su falta, quizá porque ni sepan que había partido de África o ni se imaginen siquiera que se trata del compañero amigo que compartió algunas de las escenas de sus escapadas. La inmigración descansa en Ceuta dejando en su tierra los cadáveres de quienes han perdido la batalla de la libertad.






