Regalar libros y, sobre todo, aquellos que no volveremos a leer es, en mi opinión, una práctica saludable. Pienso que también sería beneficioso que nos atreviéramos, de vez en cuando, a deshollinar nuestra memoria para limpiarla de las telarañas mentales, de las ideas, de los pensamientos y de las convicciones que ya no nos sirven. Un fregado a fondo de la mente es tan aconsejable como el barrido que periódicamente hacemos de nuestros hogares. La higiene mental exige que desechemos esa información sobrante que nos aturde, nos bloquea y nos empacha. También el espíritu debería evacuar periódicamente las basuras. No perdamos de vista que una de las funciones de la memoria es olvidar.
Con los conocimientos también podemos padecer el “síndrome de Diógenes”, ese trastorno del comportamiento que, entre otras características, se define por la necesidad de acumular grandes cantidades de basura y de desperdicios domésticos. En vez de ilusionarnos con la meta de ser especialistas en todas las materias es más razonable que nos conformemos con poseer unas nociones suficientes para comprender las explicaciones que nos proporcionan los profesionales y exigirles que empleen un lenguaje riguroso, claro y, en la medida de lo posible, agradable y bello. Los alimentos culturales han de ser saludables, nutritivos, apetitosos y, también, gratos al olfato, a la vista y, por supuesto, al paladar.
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