Categorías: Opinión

Desde que tengo recuerdos

Hay recuerdos que amarillean con el tiempo, y otros, por el contrario, que van ganando en color. Basta un gesto para recordar a aquel escribano de túnicas sabias y turbante azulado, con las manos ajadas por el sol y por los años. Permanecía inmóvil durante largos momentos, y sólo el vaivén de las letras y el pasar de páginas, sobre el pequeño pupitre, hacían pensar en su trabajada inspiración.
Bajo la palmera que adorna el pasadizo de San Amaro, el escritor de cuentos confiesa a sus pliegos los secretos de una existencia que bien pudiera ser centenaria.
Mientras llena las hojas, los niños del barrio de pescadores se anuncian por la cuesta con la pureza y el estruendo de los potrillos blancos.
Recuerdo que los días en el verano eran tranquilos y soleados. Pronto nos iniciaríamos en los misterios de la vida, descubriríamos nuestros parajes, y conoceríamos el significado exacto de la verdadera amistad.
Pero como quien toma del fruto prohibido y amargo, un día, sentí curiosidad y me presenté ante el paciente escritor:
“Hola Señor, soy Pepín Sandía, el hijo de Palomo, el pescador, ¿qué es lo que está haciendo, así pasen los días?”
El señor habló con verdad: “Estoy escribiendo el libro de tu vida. Pepín. Unas veces eres tú quien me inspira, y otras en cambio, la estrella del destino porfía”.
No entendí muy bien lo que quiso decir, pues a temprana edad la inocencia te libera del lenguaje extraño y de palabras traviesas. Así, que me despedí y bajé hasta mi casa, una de las humildes construcciones que habitaban la playa. Allí me esperaba mi padre, quien preparaba una rica sopa de harina con que resucitar los vientres en la cena.
Aquella noche, sentí intranquilidad, pero al final pude conciliar el sueño, y con las luces del alba emprendí un nuevo día.
“Hay días en los que el mar muestra su estima”, dijo Palomo, mi padre, al ver el estado del mar, idóneo para el arte de la pesca.
En lo que mi padre faenaba, subí la cuesta para reunirme en la plaza con mis amigos. Y cuál fue su sorpresa que, en lugar del escribano, bajo la palmera, se encontraba una anciana que vendía ramilletes de hierbabuena. Decía:
“¡A dos céntimos la suerte, a dos céntimos la suerte!”
No tenía mobiliario, y sólo le asistía un poco de género y una bonita balanza dorada.

Pregunta: ¿Qué nombre recibe aquello que se mueve entre la circunstancia de los astros y el natural alumbramiento?

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