Así comienza mi reflexión, con una pregunta que no deja de resonar: ¿desde cuándo hemos dejado de transitar por las aceras con seguridad?
No entiendo cómo se permite que las motos estacionen en las aceras, ni cómo esta práctica se ha convertido en una costumbre tan normalizada. Muchas personas optan por subir sus vehículos a la acera en lugar de buscar aparcamiento, y, además, llegan a exigir ese “derecho” como si fuera algo legítimo.
Esta situación afecta gravemente a la convivencia y, sobre todo, a la accesibilidad. Una persona en silla de ruedas, alguien que empuja un carrito de bebé, familias con niños o personas mayores ven limitado su paso constantemente. Las aceras, que deberían ser espacios seguros destinados al peatón, se convierten en obstáculos continuos que obligan a esquivar motos o, en el peor de los casos, a invadir la calzada con el consiguiente riesgo.
Entonces, cabe preguntarse: ¿por dónde debemos caminar los peatones?, ¿por la carretera? Resulta contradictorio e injusto que quienes deberían tener prioridad, las personas, sean desplazados por vehículos estacionados de forma indebida.
Además, la falta de control y de sanciones contribuye a perpetuar esta mala práctica. Si no se actúa con firmeza, el problema no solo continuará, sino que seguirá agravándose. Es necesario que se apliquen sanciones cuando corresponda, pero también que se fomente la concienciación ciudadana sobre el respeto al espacio público.
Las aceras no son aparcamientos improvisados. Son espacios de convivencia, de paso y de seguridad. Recuperarlas para los peatones no debería ser una reivindicación, sino una prioridad básica en cualquier ciudad que aspire a ser accesible, inclusiva y respetuosa con todos.






