Exhibir a una cría de delfín como si fuera un trofeo está mal y punto. Es un animal protegido, la acción es indefendible y no hay discusión posible ni argumento de supervivencia que lo valide. Sin embargo, no se trata solo de este hecho puntual: la realidad es que estamos viendo un desprecio sistemático por las normas más elementales. Se atenta contra la fauna local matando tortugas o atacando a los patos del pantano, se destruye el entorno urbano y se vulneran a diario las reglas mínimas de urbanidad. Vivimos en una ciudad española y europea, regida por leyes y pautas de conducta que todos debemos acatar, pero lo que se está viviendo en la calle es una quiebra absoluta del civismo y del respeto a la ley.
Por eso resulta tan sangrante el circo mediático que se ha montado alrededor de ese vídeo. Por un lado, están quienes se suben al altar de la superioridad moral para presentar a estas personas como puros "supervivientes", tildando de asesinos o hipócritas a los vecinos al sacar a relucir la tauromaquia y la caza. Por el otro, quienes aprovechan este caso para lanzar ataques indiscriminados. Mientras se pierde el tiempo dividiendo a la opinión pública en el debate, el foco principal se borra de un plumazo.
Ese ruido político sirve únicamente para tapar la degradación real que sufrimos los ceutíes. La delincuencia no deja de crecer y la situación va a más: prostitución, robos, atracos, reyertas continuas y una sensación insostenible de impunidad. No es solo un animal en la orilla (con todo el respeto que los animales merecen); es un problema de seguridad, de orden público y de supervivencia del modelo de convivencia en nuestra propia ciudad.
Ceuta no necesita que la izquierda y la derecha la utilicen como terreno de juego para sus batallas de salón ni que nos den lecciones de moral a distancia. Aquí no se trata de trincheras ideológicas, sino de exigir el cumplimiento estricto de la ley, de recuperar el control y de que se esté con Ceuta de una vez por todas.






