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Los defensores de Trump, Adamuz, Gelida y Milagros

Por José Antonio Carracao Meléndez
22/01/2026 - 13:54
EFE / Guardia Civil

EFE / Guardia Civil


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Ante esta oportunidad de expresar mi opinión de forma pública, deseo comenzar esta carta transmitiendo mi pesar y mi más sentido pésame a los familiares de los fallecidos en los accidentes de tren ocurridos en Adamuz y Gelida. A los heridos, mis deseos de una pronta recuperación; y a todos los directamente implicados en el esclarecimiento de los hechos, les pido acierto y celeridad.

Quiero también aprovechar para dirigir un mensaje a Milagros García, así como a toda su familia. Les expreso públicamente mi total apoyo en la búsqueda de la mejor atención y del mejor futuro para su hija, labor que vienen emprendiendo desde hace años. Milagros es un ejemplo de lucha, sobriedad, capacidad de argumentación y amor por su hija. No puedo sino sentirme concernido y empatizar con su posición, ofreciéndome, en lo personal, para aquello que pudieran necesitar de mí.

El tema que me ocupa la reflexión de esta carta de opinión es el hecho de que en Ceuta hemos escuchado en los últimos tiempos un discurso que hoy merece, como mínimo, una nueva voz de alerta.

Desde determinadas tribunas mediáticas y políticas —algunas con eco también en nuestra ciudad—se defendía a Donald Trump como un líder fuerte, un ejemplo de defensa de los intereses nacionales y un modelo de “realismo” frente a gobiernos supuestamente débiles. Al mismo tiempo, se utilizaba ese elogio para atacar al Gobierno de España, acusándolo de imprudente por mantener una postura crítica con el presidente estadounidense y trazando paralelismos forzados con Venezuela para desgastar la imagen institucional del país.

Ese discurso no era inocente. En Ceuta, una ciudad particularmente sensible a los equilibrios geopolíticos, a las relaciones internacionales y a cualquier debate sobre soberanía, muchos compraron —o incluso alentaron— la idea de que alinearse con líderes de la derecha radical internacional era una forma de protección. Personalmente, hace meses, durante una tertulia televisada en nuestra ciudad, se me acusaba de exagerar los riesgos de la actual administración norteamericana y me contra argumentaban asegurando que había que “entender a Trump”, que su manera de hablar era solo retórica.

Hoy, sin embargo, asistimos a una escena reveladora. Los mismos que defendían a Trump, observan ahora con inquietud su deriva, sus planes de anexionarse Groenlandia a cualquier precio y la violación de derechos humanos del ICE, principal agencia ejecutora de la política de rechazo a la inmigración en frontera y de las redadas interiores. De repente, el problema ya no es la forma, sino el fondo. De repente, sí se percibe el riesgo. Y es entonces cuando cabe hacerse una pregunta incómoda: ¿de verdad no lo veían venir?

Ceuta sabe bien lo que significa vivir bajo la permanente instrumentalización del territorio. Por eso resulta especialmente grave haber blanqueado discursos que normalizan el uso de la fuerza, la presión política o el desprecio al derecho internacional cuando conviene a los intereses del más fuerte. Quien hoy se alarma por Groenlandia debería reflexionar sobre los mensajes que ayer aplaudía.

La historia lo ha demostrado una y otra vez: los discursos de la extrema derecha suelen presentarse envueltos en palabras como protección, seguridad o defensa de lo “nuestro”. Pero cuando se les da el altavoz que necesitan y la legitimidad que buscan, el resultado no es estabilidad, sino amenaza. Primero para otros, luego para todos.

Ceuta no puede permitirse la ingenuidad política. Apoyar a líderes que cuestionan fronteras, soberanías y consensos internacionales es jugar con fuego. Lo más preocupante no es que algunos comiencen a darse cuenta ahora, sino que lo hagan cuando el problema empieza a parecerse demasiado a lo que podría ocurrir aquí.

La lección ya debería estar aprendida y es clara: hay apoyos que, aunque se presenten como sentido común, terminan resultando muy caros. Y cuando se trata de la extrema derecha, siempre es así. Basta recordar el apoyo inicial a Hitler en la Alemania nazi, que muchos consideraban “moderado” o pragmático hasta que fue demasiado tarde.

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