El pasado miércoles, este medio publicó un artículo del famoso periodista Fernando Jáuregui titulado “Con la victoria de Chávez, todo un poco peor…”. Pues bien, aunque la mayoría de los que leen estas líneas me tachen de loco, radical, antisistema y demás cariñosos adjetivos, voy a proceder, desde el pequeño altavoz del que dispongo, a la defensa del líder bolivariano. Es normal que la gente de España ponga el grito en el cielo ante alguien que se atreve a postularse del lado de Hugo Chávez, dado el retrato de dictador ególatra, autoritario y dueño de la prensa y la televisión de su país que nuestros “objetivos” medios de comunicación nos han vendido durante años. Pocos sabrán que la realidad es muy distinta y que la verdadera oposición que la Revolución bolivariana ha sufrido durante más de una década no ha venido por parte de ningún rival político, sino precisamente de esos medios informativos que Chávez supuestamente dirige. En Venezuela, el 80% de los medios de comunicación son privados y antichavistas y constituyen tal fuerza contraria al Gobierno que ríete tú de la Intereconomía de los tiempos de Zapatero. Por lo tanto, yo no voy a defender a un dictador, sino a defender que el Presidente de Venezuela no es ningún dictador.
El señor Jáuregui ataca a Chávez haciendo referencia a su educación y a su relación con las empresas españolas. Yo creo, que aunque la educación es importante, lo primordial en un dirigente político es su honradez y su compromiso para con su pueblo. El presidente de Venezuela es tan duramente criticado y difamado por la prensa internacional porque antepone los intereses de los venezolanos a los intereses de las empresas extranjeras (incluidas las españolas que tanto duelen al señor Jáuregui) y la banca. Y todos sabemos que son esas grandes multinacionales chupasangre las que poseen y manejan la mayoría de los medios de comunicación que nos venden mentiras un día sí y otro también. Hugo Chávez es el único mandatario al que yo he visto llamar por teléfono en directo a uno de los directivos del BBVA para meterle en cintura delante de un pueblo harto de los abusos a los que los bancos extranjeros les someten y decirle: “si el banco provincial que usted preside no está dispuesto a cumplir con las leyes, comience usted a entregarme el banco, yo le pago lo que usted me diga”. Ojalá nuestros gobernantes tuvieran el arrojo de decirle algo semejante a alguna de esas entidades causantes de la crisis a las que no paran de regalarles dinero público.
Siempre se nos ha presentado como un bufón, un maleducado y un déspota. Si en Venezuela se cambiaba el horario de “Los Simpson”, en España se nos vendía que el monstruoso Hugo Chávez y su censura habían prohibido la emisión de la serie de Matt Groening. Se nos dijo que había cerrado un canal de televisión por no serle afín, cuando lo que había hecho era no renovarle la licencia para emitir por el espectro público, algo completamente legal, permitiéndole seguir haciéndolo por cable. Tampoco se mencionó en ningún medio que dicho canal había apoyado abiertamente el Golpe de Estado militar de 2002, lo que en cualquier país del mundo le hubiera costado el cierre inmediato y penas de cárcel o hasta de muerte para sus directivos. En cambio, el tiránico gobierno de Chávez les permitió continuar con el cuestionable ejercicio de sus funciones. Si Chávez cantaba una ranchera o llamaba “donkey” y “mister danger” a George Bush desde su polémico “Aló, Presidente”, en España lo veíamos, pero no veíamos cuando desde el mismo programa dedicaba horas a explicarle a la ciudadanía como iban a desarrollarse proyectos sociales tales como la construcción de cientos de centros de salud. Incluso se pintaba su exposición ante el pueblo como una forma de populismo y adoctrinamiento, mientras aquí aplaudíamos el mediocre “Tengo una pregunta para usted, señor Presidente” y lo elevábamos al no va más de la participación ciudadana en política. Si en un encuentro de la ONU, Chávez se tiraba media hora hablando de democracia, aquí sólo nos mostraban a un payaso gordo diciendo “huele a azufre” al subir al estrado. En España, jamás se nos dice cuantos de nuestros jóvenes emigrantes en busca de trabajo son recibidos en Venezuela, ni tampoco se nos cuenta que el año pasado, el monstruo Chávez entregó más de 146.000 viviendas a los sectores más humildes de la población. Mientras aquí, las políticas de Rajoy hacen que la universidad sea cada vez más una cosa de ricos, en Venezuela, desde que gobierna Chávez, las matrículas se han multiplicado, situando al país como el quinto del mundo en tasa de matriculación universitaria. Ningún gran medio español contará nunca nada de todo esto sencillamente porque a ninguna gran empresa le conviene que un Presidente gobierne para el beneficio de su pueblo en lugar de para el de ellas. Jamás oiremos nada sobre los visibles cambios en Venezuela, sobre cómo Chávez ha dado derechos ciudadanos a una parte de la población que antes no tenía ni derecho a voto, sobre el avance en educación, transporte, vivienda, cultura o sobre la notable reducción del analfabetismo y la pobreza. Como mucho, oiremos o leeremos algo de toda esta inversión social siempre y cuando sea usada para tachar a Chávez de populista, lo que es lo mismo que decir que gastarse el dinero del pueblo en el pueblo es populismo. Y habrá gente que compre tan insultante afirmación.
Chávez no es perfecto, ni su revolución tampoco lo es, pero desde luego representa un enorme paso adelante en el camino hacia esa emancipación latinoamericana tan contraria a la involución que encarna la figura de Henrique Capriles, firme defensor de la economía neoliberal que siempre ha oprimido a su pueblo y que nos ha llevado a los europeos a la ruina. Lo que aquí nos cierra Mariano, Hugo lo abre allí. Mientras aquí, la gente necesitada es tratada como una carga de la que deshacerse, allá son la prioridad del Gobierno. Así que “con la victoria de Chávez, todo un poco mejor”.
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