Opinión

La coherencia no se vota, se demuestra

Hay una frase atribuida a Aristóteles que dice que «la dignidad no consiste en recibir honores, sino en merecerlos». En política podría adaptarse fácilmente: la credibilidad no consiste en repetir un discurso, sino en que los hechos lo sostengan.

El Pleno de hoy en la Asamblea de Ceuta dejó una imagen que invita a la reflexión. Vox defendió una propuesta para revisar la visibilidad de los pasos de peatones, una iniciativa que fue rechazada porque el Gobierno argumentó que ese trabajo ya forma parte de la gestión ordinaria de los servicios municipales. El debate, por tanto, no era si la seguridad vial importa —porque importa—, sino si hacía falta aprobar un plan que, según el Ejecutivo, ya existe.

Y aquí aparece la primera paradoja. Quien durante años ha construido buena parte de su estrategia sobre el enfrentamiento institucional, descubre ahora que una mayoría parlamentaria puede decir "no". La democracia tiene estas ironías: el derecho a proponer también implica aceptar que una propuesta pueda ser rechazada.

Hace apenas unos días también escuchábamos que Vox "nunca utiliza la religión en política". Una afirmación tan categórica que casi parece un ejercicio de fe. Porque cuando el propio discurso político recurre una y otra vez a referencias sobre identidad religiosa o cultural, negar esa evidencia resulta, como mínimo, una pirueta dialéctica.

Decía Voltaire que «quien puede hacerte creer absurdos puede hacerte cometer injusticias». Quizá por eso conviene desconfiar de las frases absolutas. En política, las palabras pesan, pero los hechos pesan todavía más.

Tampoco conviene perder de vista el papel del Partido Popular. Gobernar exige distinguir entre el legítimo debate parlamentario y la tentación de normalizar discursos que convierten la confrontación en una forma permanente de hacer política. La moderación no consiste en ocupar el centro del hemiciclo; consiste en mantener el equilibrio cuando soplan los vientos de la polarización.

Como joven ceutí, no escribo desde el miedo. Escribo desde la convicción de que Ceuta merece una política que hable más de empleo, vivienda, educación y oportunidades que de alimentar divisiones. Los problemas reales no se resuelven con titulares llamativos ni con eslóganes cuidadosamente ensayados.

Al final, la política tiene una costumbre implacable: siempre acaba pasando la factura de la coherencia. Porque las contradicciones pueden ganar un titular, pero rara vez ganan la confianza de una ciudadanía que observa, compara y recuerda.

Y quizá ese sea el mayor sarcasmo de todos: algunos creen que la memoria de los ciudadanos dura lo mismo que una rueda de prensa. La realidad suele ser bastante menos complaciente.

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