Es normal, razonable y positivo que, a medida en que envejecemos, nos vayamos haciendo más sensibles a los peligros que corremos. En mi opinión, sin embargo, deberíamos distinguir los temores moderados y los miedos incontrolados, esos que nos impiden vivir de una manera suficientemente tranquila. Los que seguimos atentamente las informaciones de los medios de información, los comentarios de los críticos y las declaraciones de los políticos corremos el riesgo de sucumbir a la ansiedad, al desasosiego y al desvelo, esas emociones negativas que turban la necesaria tranquilidad para, simplemente seguir viviendo.
Estoy de acuerdo en que, para defendernos de los miedos -un arma utilizada por los que aspiran a alcanzar o a mantenerse en el poder- es importante que nos informemos, pero también que, además, analicemos los mensajes que contienen y reflexionemos sobre sus explícitas intenciones. Para evitar que las personas o los grupos políticos, económicos, sociales y religiosos nos asusten con sus amenazantes augurios, no tenemos más remedio que, en la medida de lo posible, aplicar el sentido crítico a sus, a veces, alarmantes mensajes.
Como primer paso, empecemos por desconfiar de quienes sólo anuncian ruinas, sólo pronostican pobreza, sólo prevén desastres, y, en especial, de quienes sólo alientan el temor al mundo, el miedo a la modernidad y el terror al infierno.
Con realismo, miremos el mundo de una forma más amable y comprensiva, y abordemos los problemas con serenidad: “Ni el mundo es tan malo como nos imaginamos, ni nosotros tan buenos como nos creemos”. Admitiendo que algunas conductas son perversas y denigran la condición humana, tomemos conciencia de lo que pasa, utilicemos la cabeza, desarrollemos la inteligencia y apliquemos la razón. Busquemos procedimientos para controlar esos temores irracionales con el fin de evitar que se conviertan en miedos paralizantes.
El miedo, ese estremecimiento incontrolado por lo que todavía no ha pasado y quizás nunca pasará, ese vértigo originado por la oscuridad ante el abismo de lo extraño, de lo insólito y de lo desconocido, sólo se alivia por la presencia reconfortante, estimulante y consoladora de las personas próximas, de los seres queridos, de los familiares y de los amigos. No confundamos, por favor, el miedo con la cobardía.
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