Hay actos que trascienden el protocolo y se convierten en auténticos ejercicios de memoria colectiva. El homenaje celebrado ayer con motivo del Día de las Víctimas del Terrorismo en la Policía Nacional es uno de ellos.
Porque recordar no es solo mirar al pasado; es también reafirmar los valores que una sociedad desea preservar para el futuro.
Durante demasiados años, el terrorismo intentó sembrar el miedo y quebrar la convivencia democrática. Entre quienes estuvieron en primera línea frente a esa amenaza se encontraban los miembros de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, muchos de los cuales pagaron el precio más alto: su propia vida. Sus nombres no pueden quedar relegados a una estadística ni a una fecha en el calendario.
Por eso resulta especialmente significativo que el homenaje celebrado en Ceuta tuviera como figura central a Mohamed Ahmed Abderrahman, policía nacional asesinado por ETA.
Su recuerdo sigue vivo décadas después, no solo por el servicio que prestó a España, sino también por el ejemplo de dignidad que ha mantenido su familia.
La presencia de su viuda, Aixa, y de sus hijos en este acto aportó una dimensión profundamente humana al homenaje. Detrás de cada víctima hay una historia truncada, unos sueños interrumpidos y unos seres queridos que aprendieron a convivir con una ausencia imposible de llenar.
Ver a su familia participar en este reconocimiento demuestra que la memoria sigue viva y que el sacrificio de Mohamed Ahmed Abderrahman no ha sido olvidado.
La mejor forma de honrar a las víctimas del terrorismo es precisamente esa: recordarlas, reconocerlas y transmitir su legado a las nuevas generaciones.
Porque una sociedad que conserva viva su memoria es también una sociedad más fuerte, más justa y más comprometida con la libertad.






