De nuevo el Gobierno a medias de Pedro Sánchez alude al fin de las concertinas. No estarán en 2020, dice el ministro de Interior, Fernando Grande-Marlaska. Y el ciudadano se pregunta a estas alturas qué importancia tiene que estén o dejen de estar cuando alcanzar ese vallado es un imposible para una población subsahariana que antes debe pasar un auténtico fortín de vallas, zanjas y más alambres levantado por Marruecos previa notable inversión de fondos económicos europeos y ayudas españolas. Qué importancia tendrá si el propio ministro Grande-Marlaska es conocedor de que ni tan siquiera en las últimas entradas de inmigrantes se ha trepado la valla, sino que se ha optado por destrozarla. Sí que, de cara a la galería, queda perfectamente adecuada esta medida al tipo de programa que está siendo difundido por Interior, en el que se hace hincapié en la humanidad de las fronteras mientras se apoyan inversiones que sostienen medidas contrarias a esa humanidad pero ejecutadas por otro país. Lo del debate de las concertinas tiene, en su análisis detallado, mucha más miga de la que superficialmente se nos traslada cada vez que toca hablar de fronteras. Son intereses que se escapan de un fin objetivo que, en el caso de marras, simplemente no existe.
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