Esta semana, con motivo de la polémica originada con la escolta del autobús, asistíamos a un nuevo espectáculo político. Ese que de vez en cuando acostumbra a ofrecer la clase dominante cuando, estando contra las cuerdas, tiene que buscar excusas para atacar a los que critican.
Así, después de que se pusiera en tela de juicio el hecho de que se hubiera retirada la escolta al autobús y de que se tuviera que contar con las Brigadas Cívicas como si éstos fueron los sheriff del Príncipe, nos salió la consejera de Gobernación, Yolanda Bel, con esas de que no debía enjuiciarse a la Policía Local. Volvían los fantasmas del 6-F, la salida de los mandamases apropiándose de la defensa de la Guardia Civil y hasta de la bandera, creyéndose los defensores de los símbolos, reduciendo los problemas, cual niños chicos, a historias de buenos y malos.
Es esta la salida más cobarde de las que he podido escuchar nunca. Y lo peor es que acostumbra a repetirse en demasía. La manera de cortar las críticas es poner al que la ejerce en contra de todo un Cuerpo. No es la primera vez que sucede. Y determinados sectores del PP, en esto, son expertos.
Fue tan ridícula la comparecencia, que me atrevería a pensar que más de uno sentía vergüenza de la cantidad de incongruencias que estaban llegando a defenderse. Fue ridícula porque no había nada que sostuviera lo que había pasado y porque, mucho menos, tenía sentido el utilizar a la Policía Local de parapeto para evitar que se siguiera hablando del tema. Porque sí, con eso de salir en plan Agustina de Aragón en busca de defensas que carecen de sentido, no es más que terminar cayendo en el error que se quiere tapar porque quien termina ridiculizando a la propia Policía es esa clase política incapaz de dar órdenes adecuadas, medios y clarificar qué se tiene que hacer, en vez de permitir que esa fuerza de seguridad sea objeto del ridículo.
Volverá a pasar. No lo duden. Surgirán situaciones en las que, quienes no saben hacer bien su trabajo, terminarán utilizando la falsa defensa a los cuerpos de seguridad para frenar a los que critican porque, en su amplia mayoría, buscan una mejora.
Pero la táctica facilona para tapar las vergüenzas de quienes no saben estar a la altura es esta. Pegarse golpes en el pecho está bien cuando uno ha terminado sus deberes y ha sacado hasta nota. Aquí, esto, no se da.
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