Acaba de cumplir cien años y dice que espera tranquilo la muerte. De la Guerra de África a la época actual en que asegura “hay muchos colegios pero poca educación y respeto”, sus recuerdos son patrimonio
Abdelkader tiene cien años. Los acaba de cumplir. Ayer. Como cada día se levantó, desayunó su café con su pan con manteca y pasó el día entre recuerdos. Los primeros en la aldea del Biutz, de donde sus padres decidieron irse cuando él apenas podía corretear. Se iniciaba oficialmente el protectorado pero los coletazos de la Guerra de África tardarían años en apaciguarse. A la escuela “fuí lo justo para aprender a leer y a escribir, muy poco”. Mientras su padre compraba huevos en el mercado central de Ceuta y los vendía por la calle, Abdelkader y sus tres hermanos crecían en “una Ceuta muy distinta en la que apenas estudiamos pero trabajábamos para ayudar a nuestras familias”. Y llegó la Guerra Civil y uno de sus hermanos no regresó del frente. Pero la vida continuaba. Y había trabajo para todos, “en Ceuta se vivía muy a gusto, no había tanta gente, ni grifota... ahora echan algo raro que vuelve loca a la juventud”, lamenta... Ceuta está “más bonita”, de eso dice que no hay duda, “pero peor”.
Recuerda cuando las fábricas de pescado y el comercio de uno y otro lado de la frontera repartía prosperidad. Sus manos, ahora centenarias, trabajaron en la construcción de la carretera de Benzú y en la de García Aldave. También sirvieron durante muchos años en el Hospital Militar ayudando a las monjas “que muchos años lo llevaban”. Cuando entró allí a trabajar, donde pasó más de 40 años, ya estaba casado con Sadía, una mujer “que buscaron mis padres porque antes era así”. Con ella tuvo “ocho hijos, porque los muertos no se cuentan”, y compartió seis décadas. “Murió hace cinco años, hablo con mis hijos, mis nietos... ya no quedan amigos, se han muerto todos. Los tiempos han cambiado mucho”. Adora viajar y cruza la frontera cada vez que tiene oportunidad junto a sus hijos. Aún le brillan los ojos cuando muestra una foto de su primer viaje a La Meca y recuerda el fresco del atardecer “en un lugar mágico”. Pero los buenos recuerdos se ensombrecen cuando de pronto se sumerge en el presente. “No hay respeto ni hay nada. Además el gobierno t iene que ayudar a los pobres y no quitarles el dinero. Antes nos llevábamos todos bien. Las mujeres cristianas los domingos iban a la Iglesia con faldas largas...ahora van de cualquier manera. Antes se podía hablar en la calle con cualquiera, ahora hay mucha prisa, la gente solo piensa en ganar dinero”. Dice que hay muchos colegios “pero hace falta más educación”, que la vida le ha enseñado a trabajar duro para salir adelante, que es triste ir quedando sólo y que cada uno vaya a lo suyo. “¿Con quién hablo? ¿Con la pared?”, lamenta. Lee cada día el Corán, ve los informativos y de convivencia dice que “al final, todos nos convertimos en lo mismo: en polvo que no vale nada”.
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