Al Ejecutivo Local le está pasando lo de siempre. Tiene miedo. Tiene miedo a tomar decisiones, tiene medio a ser impopular y tiene miedo a seguir hacia adelante con medidas que no gusten al personal.
En plena bajada de casos de contagios estamos asistiendo a una normalización de la situación que a nadie conviene. La gran afluencia de personas viene a significar, de nuevo, la pérdida del miedo a lo más grande que tenemos: nuestra salud. Ya no se teme al virus porque en el subconsciente colectivo prima eso de que nadie va a fastidiar una Navidad. Prima el egoísmo, prima el olvido, prima el disfrute y, sobre todo, sin reparar en esa tercera ola que todos temen y que se está meciendo en una cobardía oficial encargada de mimarla.
Lo escribiré y lo repetiré las veces que sea necesario. El Gobierno local, que tan contundente se ha mostrado con algunas decisiones, no puede caer en el ridículo de no ser firme y no ser consecuente con lo que se nos viene encima. Actúa de manera incongruente preparando eventos que pueden generar movilidad en exceso, pidiendo responsabilidad mientras, por otro lado, anuncia actos que pueden generar aglomeraciones. El encendido de una simple bola de Navidad en plena plaza de los Reyes lo provoca, el anuncio de que las tiendas estarán abiertas hasta las doce de la noche el 5 de enero genera el efecto contrario a lo promulgado, a eso de que hay que comprar con tiempo, poco a poco y sin aglomeraciones.
Si los mismos que tienen que ser claros, que tienen que ser firmes juegan a no serlo, no esperen que esa parte de la sociedad no responsable de por sí vaya a vivir el milagro de la Navidad escenificando un comportamiento que nunca han tenido.
Hasta que no haya vacunas, hay riesgos; hasta que no haya una solución al coronavirus se tiene que seguir con las mismas medidas que pasan por el distanciamiento social y aminorar al máximo las relaciones y la movilidad. No hay excusas, no las hay ahora con la Navidad ni las hubo antes con otras celebraciones.
La complacencia no es sinónimo de buena gobernanza, al contrario. El ser impopular por salvaguardar la salud de todos es lo único que vale, porque se trata de prevenir y no de asistir a una auténtica tragedia.
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