La aparición de un estudio elaborado por “AIS Group” sobre la pobreza y riqueza de los municipios españoles, apenas ha tenido eco en los diferentes medios de comunicación, ni tan siquiera por la originalidad de aplicarle herramientas de Inteligencia Artificial a la hora de sacar conclusiones. La cuestión es que no es noticia porque los resultados que emanan son la triste normalidad de estos últimos años.
El que Ceuta lidere el tétrico ranking de los municipios más pobres de España con un 43% de la población bajo la definición de pobreza, es algo que ya conocíamos en esta ciudad por un estudio que publicó una empresa local, “Sociopolis”, hace más de 5 años. Nihil novum sub sole.
De hecho la concentración de calamidades, corrupción, paro y pobreza en la mitad sur de España no es casualidad, sino causalidad de cientos de años en los que se ha acostumbrado a la población a ver con normalidad que el Estado destine más recursos a la prebenda social graciable que al desarrollo de políticas que fomenten el emprendimiento, entre otras, a la educación.
La perpetuación en el tiempo de una forma de vivir, el enquistamiento en una sociedad cuya esperanza se basa en un gobierno que, al ejercer un poder absoluto sobre la economía, controla todos los aspectos de nuestra vida, ha demostrado que solo genera pobreza.
El que el Gobierno con su función pública sea la economía predominante en Ceuta es perfectamente justificable por la idiosincrasia de esta tierra. El que lo sea en otros lugares cercanos, tiene más que ver con las costumbres sociales y dependencia del empleo con empresas estatales, que con las características geopolíticas.
Estos elevados índices de pobreza no aparecen de la noche a la mañana, no se crean en un momento. Son el fruto de quinquenios de presión migratoria de mano de obra no cualificada, de la falta de integración de esa población, de la no asunción de valores occidentales sobre el trabajo y la libertad individual, de acciones gubernamentales equivocadas u omitidas y la, a todas luces, insuficiente inversión nacional y europea en una zona que a duras penas digiere las penalidades que sufre por su condición geoestratégica. Aunque esta última situación también lo sufre Melilla en mayor grado, y no aparece en la lista de los municipios más pobres.
Habría que preguntar a los entendidos si, además, existe un índice Gini (diferencias entre los “pobres” y los “ricos”) de escándalo o lo que es peor, si esa pobreza está localizada en barriadas concretas y si las causas de esas especificidades se encuentran en el azar, el Estado, el Gobierno, el aprovechamiento torticero de un estado de bienestar, o la falta de conocimientos sobre como desenvolverse en un país occidental.
Jorge Uriel Gómez
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