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Crónica de una muerte en la plaza

Jumilla es barredera de calles paralelas, encaminadas al siguiente pueblo, con olores a rancio , a campo y a gente buena.                                                                                             
El sol lo inunda todo y los campos son prolijos, no faltan su chino , ni su caixa, ni los viejecitos paseadores , ni la señora hacendosa , que limpia , con esmero, su puerta. Tampoco faltan emigrantes, venidos de aquí y allá, vaya usted a saber la procedencia, en busca de mejoría, de futuro, escondido , no en las cartas de tarot , sino en rituales de horquillada de riñones , desenvarando la tierra.                                                                         
Es sabido que amén de nuestros parroquianos, a los sudamericanos que acogemos y a veces exprimimos , de tanto como los queremos, les encanta el folklore que compartimos, la juerga que nos emponzoña la voluntad y cómo no los toros, en la versión que sean, supongo que porque en la saca de la conquista, lo llevamos todo empaquetado y con un lazo puesto , para que pareciera regalo y con el sambenito , se ha quedado impuesto. Es por ello , por lo que la familia del niño ecuatoriano, que ha muerto en la plaza portátil de Jumilla, se gastaría sus buenos dineritos en pasar una tarde de asueto, viendo a Antonio Puerta, haciendo la mejor de sus corridas o bien les regalaron las entradas y creyeron que su suerte cambiaba, porque tenían espectáculo gratis o el Ayuntamiento lo hizo así para promocionarse, ciertamente no lo sé, ni me importa , porque creo que el destino es cruel, pero juguetón y gusta de buscarse sus mañas y sus recovecos, para salirse con la suya.  
Lo que pasa es que no, que ni el cielo anaranjado, ni el chirriante sonido de las golondrinas, ni el cascarreteo de los grillos, desanimó a la familia , ni les hizo temer o presagiar lo que más tarde sucedería y más en cambio los animó y sonreían , porque veían con buenos ojos la corrida, es más, estaban inmersos en ella, con el crío de poco más de un año- ya cumplido- retozando, en sus rodillas. Todo  parecía decirles, “marcharos a casa, ya, o a un parque , donde el niño corra y salte, porque aquí , entre estas paredes de pega, entre este falsete de plaza de toros, alguien más que un pobre astado va a probar sangre y rito de muerte y no será el torero ,embebido en la lucha racial y canina de muerte anunciada, vieja y trampera, para el curtido, sino que se envolverá en una mentira y caerá una inocente cabeza, que no levantará la sonrisa, ni llamará más a su mamá, porque la muerte , la muy cerda, no gasta más que bromas macabras, de muy mala baba”.
Pero ellos no lo oyeron, ni lo vieron y sus ojos negros, estaban impresos en la plaza, en la faena, que Puerta llevaba en los hombros y en las zapatillas, en el baile que se arrimaba y pinchaba, bebía los alientos de la novilla y se volvía a retirar, sin recordar, que grandes maestros que no murieron en la plaza , lo hicieron en su finca, saeteados por una ingenua vaquilla, rápida y certera, como la flecha de Diana.
En uno de los pases, la novilla se engarfió y clavó su cuerno en carne y levantó presa y Puerta agonizó por dentro , de dolor , porque le habían violado el muslo, en puro fuego. Toda la plaza se levantó , para ver la cogida y dar cuenta de que torero, aún grave, vivía- “pobre muchacho qué mala suerte, la criatura”, dirían los de la primera grada”- pero ninguno se dio cuenta, ni tembló,  porque un niño, que estaba recostado sobre las rodillas de los suyos, salía de estampida , violentamente empujado por el resorte humano , que no recordaba a quién tenía resguardado sobre él , yendo a parar, porque Ángel sin alas era, en el suelo de la plaza , ya solo, con un hálito de vida.                                                                                                
Jumilla , siempre ha sido barredera de calles paralelas, encaminadas al siguiente pueblo, con olores a rancio , a campo y a gente buena, parada obligada de caminantes de medio  mundo,  si quieres comer bien y ser mejor atendido todavía, con emigrantes que pierden alma en ruedos, sin caballos , sino con astados que defienden su vida del agravio del torero y Ángeles sin alas, que vuelan por última vez de la seguridad de los brazos que lo acunaban, crónica de una muerte anunciada, en los trinos espantados de las golondrinas, en los chirridos de los grillos y en el naranja preñado del cielo .

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