El próximo martes, 23 de septiembre, a las siete de la tarde, inauguramos la octava temporada de El Cine por delante, una propuesta que nació con la idea de recuperar joyas del cinematógrafo en versión original subtitulada, aquellas que eran (y son) pasto de salas alternativas, que vuelven con fuerza a la vida cuando se las rescata y el público vibra, siente, piensa, se conmueve y actúa con ellas.
En esta nueva andadura, nos reencontraremos con los grandes autores del Séptimo Arte pero, como siempre, también abriremos una ventana a la oportunidad de rescatar obras menos conocidas o frecuentadas. Al igual que en los últimos años, junto a la selección caprichosa por mi parte, también habrá mini-ciclos de dos obras que tengan como nexo de unión un tema, una preocupación, un determinado tratamiento, un género, tratando de relacionar los propósitos de sus autores con nuestra vivencia actual, con este mundo, con esta sociedad que necesita ser analizada, cuestionada y puesta en la picota. El melodrama, por el que siento pasión, canalizará especialmente estas inquietudes, pero no será el único camino que frecuentemos.
¿Y qué película inaugurará este octavo y largo paseo por el Cine? Prometo que me ha costado muchísimo elegir este primer título: no me había pasado jamás… hasta que reparé en 'Las cosas de la vida', del maestro francés Claude Sautet.
Cuando estrenó en 1970 la que fue su cuarta película, llevaba seis años sin rodar. Vapuleado injustamente por los cineastas-críticos de la Nouvelle Vague a comienzos de los sesenta, salvo por François Truffaut, no deja de resultar irónico que el estilo marcadamente personal, sencillo, reposado y reflexivo demostrado desde esta obra por este autor marcaría una gran influencia en el cine francés de los setenta en adelante.
"Fue la primera de su trilogía sobre el amor, sus complejidades y cómo se percibe en los vértices que conforman un triángulo amoroso, prestando atención a los detalles y las contradicciones de, precisamente, las cosas de la vida"
Fue la primera de su trilogía sobre el amor, sus complejidades y cómo se percibe en los vértices que conforman un triángulo amoroso, prestando atención a los detalles y las contradicciones de, precisamente, las cosas de la vida, que observa y disecciona con agudeza y profundidad. De esta trilogía, pudimos disfrutar del segundo título, 'Max y los chatarreros' (1971), que puso el punto y final a la temporada anterior y dejó un gran sabor de boca al público asistente.
Un arquitecto de mediana edad sufre un accidente de coche. Horas después, inconsciente, en el hospital, repasa su historia con dos mujeres: su esposa, con quien mantiene una relación cordial y un hijo en común, y una traductora, con la que vive una relación sentimental. El suceso, a la vez, ocurre justo cuando se encontraba ante una disyuntiva: marcharse a Túnez durante varios años junto a Hélene, la traductora, coincidiendo con una oferta de trabajo, o quedarse junto a su mujer. El accidente de tráfico, que se repite a lo largo de la película desde distintas velocidades y ángulos, rodado magistralmente con doce cámaras durante tres semanas, servirá a Sautet para ofrecer un original y apasionante relato, donde se suceden fragmentos vitales desordenados del protagonista.
Protagonizada por un inmenso Michel Piccoli, Lea Massari (que nos dejó en junio de este año) y la mítica Romy Schneider, que se convirtió en su musa, trabajando en cuatro ocasiones más para él (la muerte de la actriz en 1982 malogró la que iba a ser una sexta colaboración), con una música inolvidable de un debutante Philippe Sarde, unos diálogos modélicos y una puesta en escena soberbia, 'Las cosas de la vida' logra que los sentimientos sean tan variables como los pensamientos de Piccoli. La duda siempre es constante: no hay lugar para la seguridad en esta visión del amor.
Os espero, como siempre, a las siete de la tarde en la sala de usos múltiples de la Biblioteca Pública Adolfo Suárez. Hagamos posible que el cine, aquel cine, ese otro cine, vaya siempre por delante, sin descanso.






