Categorías: Opinión

Cortinas de humo

Una ciudadana ceutí se despertó el domingo 12 de este mes con la sana intención de pasar con su familia un feliz día de playa en Calamocarro. Todo fue bien hasta que en un momento dado hicieron su aparición unos invitados inesperados a la fiesta. Estos invitados procedían del CETI, inmigrantes ilegales allí acogidos. Según la noticia recogida por otros medios de comunicación, los autoinvitados exigieron a la familia que les dieran “comida y tarta”. Como la familia se negó a ello, los inmigrantes les comenzaron a llamar “racistas”. A continuación, “tomaron fotos de los niños”, y “a encararse”, según esta madre de familia, e incluso “uno de ellos me llegó a estornudar encima”. La Policía Nacional, que fue requerida por la familia, les dijeron “que no pueden hacer nada”. “Ellos lo saben y se aprovechan, porque no les pueden tocar y lo primero que te dicen es que tienes papeles y eres racista”. En el CETI recibió la misma respuesta que la de la Policía. “Me dijeron que no era la primera vez que se quejaban, pero que no podían hacer nada”. La señora afirma también que, por lo visto, estos individuos se pasean “por la playa en calzoncillos y dan pelotazos a los niños”. Pero lo más doloroso es que esta ciudadana no quiere dar su nombre por miedo a ser tachada de xenófoba. Ya se sabe, los comisarios políticos están vigilantes.
Escribe la nada sospechosa Pilar Rahola en su libro “La república islámica de España” que el debate sobre la inmigración desapareció a la sombra de lo políticamente correcto. Lo dicho es una verdad de tal calibre que merecería ser subida al mármol. Esta sociedad, ceutí y española, está tan adormecida, tan cloroformizada, tan acobardada, que no es capaz de darse cuenta de que mientras ellos están tomando unos vinos y unos pinchos al fresco o acaso están viendo la televisión, los ilegales se les están colando por los cuatro puntos cardinales. Están paralizados y mediatizados por lo políticamente correcto, y saben que todo aquel que reme “contracorriente” será insultado, despellejado, vejado y denunciado sin piedad en la plaza pública –quien esto escribe puede dar fe de ello– por quienes se han arrogado el prurito de dar carnés de demócratas, pero, eso sí, esos tipos y ‘tipas’ viven lejos, muy lejos, de los guetos de inmigrantes, y sus hijos no se mezclan con los hijos de los inmigrantes. Son los hipócritas de siempre. Son fácilmente reconocibles porque en vez de argumentos suelen enarbolar y escupir insultos e infamias, vilezas e injurias. Pero, eso sí, sus insultos los retratan y los (des)califican. Pero ellos no lo saben. Son incapaces de saberlo. Sus capacidades no dan más que para insultar.
Este tipo de inmigración incontrolada es un peligro para la integridad de nuestro país. Así de claro. “En la nueva Estrategia Española de Seguridad se contempla como nueva amenaza, entre otras, los flujos migratorios no controlados”. Sin embargo aquí, amable lector, estamos a verlas venir. El despertar del largo letargo políticamente correcto será “rechinar y crujir de dientes”.
En un principio nos trataban de engañar con que éramos un país de emigrantes, con nuestra baja natalidad, con que venían a pagar nuestras pensiones, con que las sociedades multiculturales eran una bendición, con que aprenderíamos de los que estaban entrando, con que tan sólo teníamos 1.5 % de inmigrantes, en fin, así hasta el infinito. Pero como se ha visto que todo era una pura mentira, ahora tratan de cloroformizarnos con cortinas de humo.
Emplean todo tipo de estratagemas, artimañas, ardides, argucias y tretas, y recurren a lo inimaginable para que nos olvidemos de que cada día entran en Ceuta, ante la mirada impotente de la GC, a nado, en barcas, a la carrera, etcétera. Esa cortina de humo es ahora llevar a los ilegales a la Plaza de los Reyes para que bailen, canten, toquen, pinten, etcétera, para que el ciudadano no se dé cuenta de que Ceuta está siendo invadida y que las leyes que nos damos trabajan en contra de los españoles y a favor de los invasores.  
A estas alturas, la tolerancia ha dejado de ser una virtud, se ha convertido en un peligro. Evidentemente, somos humanos y comprendemos las miserias de los demás, pero con los flujos de ilegales se debe mantener tolerancia cero. Si entras ilegalmente, se te expulsará.  La sociedad española tiene derecho “a interrogarse sobre su derecho y su necesidad de limitar la penetración de culturas extranjeras”. Si usted, amable lector, no quiere ejercer ese derecho por pudor, miedo o precaución, quiere ser cómplice, ése es su problema. Yo, desde aquí, enarbolo mi derecho, no sólo a exigir que se controlen las entradas de inmigrantes ilegales, sino a ejercer mi derecho de expresión escrita y de opinión, que, léaseme bien, me pertenecen.

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