La gestión de los fondos públicos lleva a sentimientos confusos. Las obras ejecutadas con esa inversión se confunden con ayudas propias de un benefactor cuando no son más que el reflejo del buen uso que se da al dinero de todos. Un Gobierno emplea el dinero de todos los contribuyentes para desarrollar infraestructuras. Para eso precisamente están los impuestos, para mejorar carreteras, hacer obras públicas, dotar de servicios a un pueblo... El problema llega cuando eso se equipara a una ayuda dada por la clase política como si el dinero fuera suyo; llegan entonces las frases de: “Nosotros os hemos dado agua las 24 horas”, “nosotros os hemos hecho garajes”, “hacemos viviendas y colegios para vuestras familias e hijos”, “nosotros os damos ayudas sociales, becas, sanidad...” y, claro, tú, querido contribuyente, tienes que dar algo a cambio: el voto, por eso de que hay que ser buen hijo.
Pero resulta que el dinero no es de ellos, es de todos. Resulta que de no habernos dado agua las 24 horas, no haber construido garajes, viviendas, mejorado la ciudad... los gestores deberían estar respondiendo de una inacción que tiene delito, porque cuando uno cobra por no hacer su trabajo está haciendo lo contrario y ya saben, eso tiene un nombre en el Código Penal. Y ahí, la cosa, ya pinta mal.
El sentir del benefactor se extiende rápido. Tanto que hay quienes nada más llegar a la política empiezan a hablar de nuestros dineros, de nuestras inversiones y de cómo ayudarles a ustedes si son buenos. Porque, de no serlo, le castigarán.
La población, adormecida o quizá sin ganas de pelear, mirará hacia otro lado y dejará que le sigan diciendo lo mucho que hacen los que mandan para que usted pueda pasear por las calles más o menos adecentadas, tenga una parada de autobús y, encima, disponga de papeleras y contenedores para depositar la basura. Fíjense que lujo. Ellos mandan, nosotros agradecemos. Así es el sistema de una clase política de cualquier color. Porque aquí no entregan su ego al mando solo los peperos, aunque a estos se les ve venir de lejos, sino también el resto. Pronto olvidan lo que fueron cuando alcanzan el poder, pronto olvidan a los vecinos cuando sienten el control y piensan que pueden hacer lo que quieran con lo público. Pronto olvidan que mandar no es hacer lo que uno quiere, sino gestionar sin temor a tener que verse marcado por la vergüenza.






