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Un colegio en Nepal

"Me amoldé al estilo de vida que llevaban todos los niños, comíamos dos veces al día, a las siete de la mañana y a las siete de la tarde, la misma comida todos los días"

Salgo de Varanasi con dirección a Raxaul, el último pueblo antes de cruzar la frontera nepalí. Me dirijo hacia allí en un tren diurno completamente lleno, aun convaleciente por la bacteria que me tuvo en jaque una semana. El revisor debió notar mi palidez y me ofreció el cuartucho donde depositan las mantas a cambio de unas rupias y entre mantas de paño y un olor que no logré descifrar pasé las catorce horas del trayecto. Llegué a Raxaul pasada la medianoche, un frío extremo hizo de anfitrión al llegar a una estación llena de personas durmiendo en el suelo entre cartones y mantas improvisadas. Llegué como pude al primer hostal que encontré, para dormir después de una ducha helada entre decenas de pulgas que saltaban alborozadas en la tabla que hacía de camastro. No tenía fuerzas para más, tan solo me deje caer.

Sobrevivir a esa noche es un misterio que decidí no investigar, atravesé el pueblo a pie entre el bullicio de los comerciantes ofreciendo su mercancía y los cambistas que casi se te echan encima para obtener la primicia de un cambio favorable. Un puente actúa como tierra de nadie hasta llegar a la frontera nepalí. Los policías hicieron fiesta al verme y se hicieron fotos conmigo, por lo visto no era común ver extranjeros por allí.

Solo hay dos formas de llegar a Katmandú, por avión en el peligroso aeropuerto de la capital nepalí o por coche a través de, no menos peligrosos, estrechos y pendientes caminos de doble sentido con vistas a hermosos precipicios donde cada curva te va haciendo más creyente. Yo elegí esta última. Un Lada Niva de cinco plazas con un agujero entre mis piernas me llevó a mí y a otras ocho personas más a Katmandú.

El 25 de abril de 2015 un terremoto de magnitud 7.8 asoló Katmandú y otras áreas circundantes causando la muerte a aproximadamente nueve mil personas, un mes después hubo una réplica importante. Miles de edificios fueron destruidos o dañados.

Mi destino era Nava Indradanush School, un colegio itinerante en las afueras de Katmandú donde fui profesor voluntario de inglés y geografía, bueno también enseñé algo de español cuando sobraba tiempo. Los alumnos eran huérfanos supervivientes del gran terremoto. Ellos fueron en realidad unos inigualables profesores que me enseñaron entereza, humildad, un Amor inmenso... Me enseñaron como se vive sin tener nada, aprendí de ellos que el pasado y el futuro solo existe en nuestra mente, que el ahora es una oportunidad única de aprender, reír, evolucionar. En esas semanas, sin darme cuenta, me tatuaron en el Alma que siempre hay esperanza, que la vida es mágica si aceptas sus lecciones.

Me amoldé al estilo de vida que llevaban todos los niños, comíamos dos veces al día, a las siete de la mañana y a las siete de la tarde, la misma comida todos los días: arroz blanco con verduras, excepto el día de navidad que también pusieron carne de yak. Las clases comenzaban a las ocho de la mañana y terminaba a las tres de la tarde, de lunes a sábado, todo el año. Los domingos solíamos hacer excursiones a los alrededores de Katmandú, la que más rara me resultó fue una que hicimos a una iglesia para escuchar una misa matutina, soy alérgico a los actos religiosos, pero con esos niños habría ido sin dudar hasta el Vaticano. Todas las noches cantábamos canciones antes de ir a dormir. Robin, el director, tocaba el bongó de forma arrítmica mientras su hijo, Suresh, lo arreglaba con la guitarra y los niños cantaban en coro, como si fueran ángeles, canciones en nepalí.

A medida que pasaron los días me fui dando cuenta que fui a esa humilde escuela, a medio hacer, a aprender y no a enseñar. De forma gradual fui sintiendo vergüenza porque la gramática o las capitales del mundo se me antojaba un pobre trueque para lo que diariamente experimentaba con ellos. Aquellas semanas en Nava Indradanush forjaron un cambio perpetuo en mí.

Ahora, delante del teclado, aun puedo recordar sus risas, sus juegos, sus cantos, esa capacidad de asombro en lo cotidiano y esa forma tan peculiar que tenían de hacer mover tu mundo con una pregunta.

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