Colaboraciones

Al Aila (III)

Tuve un sueño durante unas pocas de noches que me tenía completamente descuadrado, a pesar de ser una persona muy tranquila. Consistía en que, cuando iniciaba la subida hacia la superficie y en las paradas preceptivas para evitar tener problemas en la descompensación de gases, veía en el techo de la mar una figura que parecía la de una mujer. Aunque la práctica de buceo con bombona es muy bonita, tiene estos inconvenientes. La mezcla que se utiliza tiene la culpa y sino se hacen los pasos adecuados, pueden tener consecuencias muy malas para la salud de un humano. Existen las cámaras hiperbáricas, que hacen de hospital del submarinista pero en Marruecos, por aquella época, era un lujo que nadie tenía y mira que podía depender de la vida o de la muerte de un ser pensante como somos nosotros. Aunque quería aligerar las paradas, era contraproducente evitarlas. Mi vida, tal y como la conozco ahora, me la estaba jugando. Y contra más cerca estaba del final de la inmersión, mejor veía la cara de esa mujer. Aunque sabemos que hay mucha deformación dentro del mar, yo iba poco a poco convenciéndome de que era la figura de mi querida Al Aila. No comprendía qué podía significar está revelación. Sin embargo, a pesar de todo, las ganas de zambullirme no me las quitaba nadie. Pero cada vez que lo hacía, más clara veía la cara de ella cuando volvía a enfrascarme en un nuevo episodio de mi imaginación nocturna. Y la verdad, no me gustaba nada que en mis adentros algo quisiera matar a mi amada. Eso era una cosa inimaginable para mí. Ella era todo para mí. Yo, cuando salía de estar en el cuartel, sólo pensaba en ducharme para estar decente para ella, comer y salir corriendo dirección a Marruecos. Era poco probable que yo quisiera eso. Por eso, aunque era un sueño reiterativo, intentaba ignorarlo. Me producía mucho miedo pero el hombre debe de saber afrontar este reto para saber superarse. Cuando llegaba al Magreb, a parte de querer estar con ella, también quería zambullirme unos minutos u horas, si se podía, en el líquido elemento y ahí vino la perdición. Dios quiso que, una maldita tarde que no pude ir a Marruecos, me metiera en aguas cercanas a Marruecos, a la altura de la Iglesia de la Almadraba, está vez a pulmón puro, y que observara en una de mis subidas obligatorias en busca del oxígeno correspondiente la tan temida y reiterativa secuencia que me había advertido mi subconsciente durante tantos y tantos días. Vi un cuerpo flotar encima de donde yo estaba, a unos tres metros, aproximadamente. Esta vez, sí podía darle caña para elevarme lo antes posible, gracias a la propulsión de mis grandes aletas, que me hacían ser un Maserati debajo del mar. Me puse junto a la masa de carne sin vida aparente y al darle la vuelta, allí estaba ella, Al Aila. Sin duda alguna, era mi querida novia. Con toda la prontitud que pude, la cogí por el cuello y la remolque con toda la premura de tiempo posible. Sabía qué era lo que disponía, si quería intentar que resurgiera a la vida. No pensé en nada y cuando llegué a tierra firme, le empecé a realizar las maniobras elementales de un buen socorrista. El masaje en el corazón y luego, el boca a boca. Pero nada, no reaccionaba. Me ayudó gente del barrio para seguir las maniobras y otros buscaron un teléfono para llamar a urgencias. Pero todo lo que se hizo fue una inutilidad. Había muerto. El dolor llegó de pleno a mi corazón. Estaba roto, tanto moral como anímicamente. No comprendía por qué me había tocado a mí esta lotería tan fatídica de la muerte. Yo, que nunca había tenido suerte en los juegos de azar. Me había tocado un pleno. El de la muerte. Menudo fastidio. Entré en un estado de nerviosismo que no era yo. Era un cacho de carne que maldecía su mala suerte en la vida. Muchos quisieron tranquilizarme. Pero yo estaba dentro de una marea de incomprensión. Quería morirme pero también quería venganza. Pero, ¿de qué? Quise volver a verla y no me dejaron. Quise tenerla una vez más entre mis brazos pero me bloquearon para dejarla. Era un hombre trapo. Destrozado, maniatado e incomprendido. Sólo quería despedirme. Darle mi último adiós. Mi último…

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