Opinión

La dignidad de las personas no depende de nosotros

Estoy convencido de que respetar y ser respetado es el soporte necesario sobre el que hemos de edificar las virtudes y los valores personales que hacen posible la convivencia pacífica familiar, social y política. La raíz íntima de esta consideración reside en el reconocimiento de la dignidad “civil/sagrada” de los seres humanos. Su aceptación ha de ser absoluta porque no depende de ninguna circunstancia ni de ninguna cualidad añadida. La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla. Por eso merecen nuestro respeto los niños, los adultos y los ancianos, los varones, las hembras y los homosexuales, los cultos, los sabios y los ignorantes, los creyentes, los agnósticos y los ateos.
Nuestros comportamientos morales, familiares, sociales y políticos, en vez de privilegiar las cualidades como el sexo, la edad, la sabiduría, la riqueza y, sobre todo, el poder, deberían conceder la suprema valoración a la dignidad humana: éste debe ser el principio ético del que se derivan todos los demás.

La dignidad de las personas no la otorgamos nosotros ni está en nuestras manos retirarla o disminuirla

Este valor civil/sagrado de la dignidad humana constituye la razón del respeto con el que hemos de relacionarnos con todas las personas. No se trata, por lo tanto, de un acuerdo al que, de manera explícita o implícita, ha llegado una sociedad sino de un deber que es independiente de nuestra voluntad individual o colectiva. Por eso mismo, aún en el caso de que toda la sociedad decidiera por consenso dejar de respetar la dignidad humana, ésta seguiría siendo un derecho exigible por cada uno de los ciudadanos, incluso, de los que sean juzgados y condenados como delincuentes.
En nuestras sociedades civilizadas aceptamos este principio en la teoría y lo proclamamos con pomposas palabras y con tonos solemnes, pero los hechos cotidianos nos confirman, de manera mucho más elocuente, que no siempre lo tenemos en cuenta. Fíjense en los programas televisivos, en los debates parlamentarios, en las tertulias radiofónicas, en las gradas de los estadios, en las aulas escolares e, incluso, en los consultorios médicos. En mi opinión estamos sufriendo un proceso acelerado de degradación de aquellos “buenos modales” que expresan el respeto que nos merecen nuestros interlocutores. Quizás estos cambios de hábitos respondan, en muchos casos, a una progresiva depreciación del valor más importante de nuestra sociedad: la persona humana. La falta de respeto no la justifica ni siquiera la defensa de la verdad, de la justicia o de la moralidad.

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