Opinión

El clamor del bosque

El pasado sábado me levanté temprano y fui a contemplar el amanecer. El lugar desde el que observo la salida del sol lo decido a última hora, dejándome llevar por lo que me dicta la intuición. En la citada ocasión, elegí el mirador de Isabel II para celebrar el inicio de un nuevo día. Hacía un extraño calor, inusual para esta estación del año. La explicación podía ser que no soplaba nada de viento y era más apreciable las altas temperaturas que estamos teniendo este año. La misma ausencia de viento era la responsable de la acumulación de una densa neblina que filtraba las luces y colores del amanecer dejando imágenes extraordinarias que me entretuve en captar con mi máquina fotográfica. Al tenerla en mis manos me acordé de mi abuelo Diego, de mi padre y de mi primo Pepe Gutiérrez. Los tres compartieron una misma pasión: la fotografía. De las de Pepe Gutiérrez pudimos disfrutar la tarde antes mi madre y yo durante la inauguración de la exposición sobre su obra fotográfica en el Museo del Revellín de San Ignacio del Conjunto Monumental de las Murallas Reales. Las cien fotografías expuestas dan buena muestra, nunca mejor dicho, del gran talento artístico de Pepe Gutiérrez. Como me decía mi padre, un buen fotógrafo se distingue por el don de ver la fotografía donde otros no captan nada. Es la mirada, la manera de ver y sentir, lo que identifica a un artista y Pepe Gutiérrez lo era.

Después de disfrutar un buen rato del caleidoscópico amanecer me dirigí al llamado sendero de los Helechos. Desde la noche anterior sentí que debía acercarme a este lugar. Al adentrarme por el sendero sentí que algo no iba bien en el bosque. Entonces recibí un mensaje inquietante de los pinos “con palabras anteriores a las palabras”, como escribe Richard Power en la introducción a su afamada obra “El clamor de los bosques”.

Los pinos me dijeron que estaban enfermos y algunos de ellos muertos. Las ramas estaban inertes, desprovistas de hojas y piñas y presentaban una tonalidad apagada. Muchas de estas ramas habían sido extirpadas de manera violenta por el viento dejando mutilados a estos desdichados árboles.

Las aves pasaban de largo por esta zona del bosque en la que la muerte se ha extendido. Entendí entonces la razón por la que me habían hecho venir hasta allí. Era una desesperada llamada de  auxilio pidiéndome ayuda. Necesitan que alguien sea su voz para llamar la atención sobre su dramática situación y para requerir los cuidados que necesitan para salvar la vida de los árboles que aún sobreviven. No guardo mucha esperanza de que las administraciones auxilien a estos bellos y longevos pinos. No obstante, venciendo a mi pesimismo, decido luchar por estos pinos. La opinión pública tiene que saber lo que está ocurriendo. Nuestro bosque se muere y no parece que a las autoridades les inquiete lo más mínimo.

Por desgracia, lo que observé el pasado sábado en García Aldave no es un problema puntual y localizado. El año pasado, el ornitólogo Antonio Cambelo publicaba en el número 20 de la Revista Alcudón un artículo titulado “Alarmante regresión de los pinares del Monte Hacho” en el que demostraba con datos e imágenes el preocupante  retroceso de los pinares en el aludido promontorio. A partir de esta fehaciente constatación solicitaba a la Consejería de Medio Ambiente que se llevara a cabo un diagnóstico “del estado de las masas forestales de nuestra Ciudad” y que se estableciera “una plan de actuación para atajar en la medida de lo posible la alarmante pérdida de árboles e identificar las plagas y/o enfermedades que los están afectando”. En la misma línea demandaba el establecimiento de acuerdos con el Ministerio de Defensa para “la repoblación de terrenos como el Polvorín del Obispo, donde también se han perdido muchos pinos piñoneros centenarios”.

Lo que está pasando en Ceuta no es algo exclusivo de nuestra ciudad. Por todo el Mediterráneo estamos asistiendo a la “muerte masiva” de pinos. La causa de esta extinción de los pinos es la fatal combinación del cambio climático, la pertinaz sequía y las plagas forestales, como el perforador del pino “Tomicus destruens” o la oruga procesionaria, que están provocando una mortalidad masiva de determinadas especies de árboles.

Además de la pérdida de la masa forestales, la acumulación de árboles muertos incrementa el riesgo de incendios forestales y supone una drástica modificación de los paisajes y una grave afección a la biodiversidad, en especial a la avifauna, como indica Antonio Cambelo en el referido artículo.

El bosque clama que hagamos algo por salvarlo. La primera medida que debería adoptarse es la de realizar un diagnóstico preciso sobre las causas de la muerte de los pinos, acompañado con un seguimiento continuo de su evolución. Si no queremos perder nuestros pinos resulta urgente aplicar tratamientos fitosanitarios para controlar la propagación de plagas.

Por desgracia, hay muchos ejemplares de pinos que están muertos y suponen un peligro para quienes paseamos con frecuencia por el bosque, tal y como ha denunciado la asociación DAUBMA en las redes sociales. No queda más remedio que eliminar los ejemplares de árboles irrecuperables y sustituirlos con especies autóctonas resistentes a las sequías, como los alcornoques, las encinas o los algarrobos. En definitiva, estimamos urgente la redacción de un ambicioso plan de reforestación de los dos montes que tenemos en Ceuta: el Monte Hacho y el García Aldave.

La situación de nuestros bosques es dramática. En los últimos años los montes de Ceuta se han visto mermados por devastadores incendios forestales, la sequía y las plagas. Estamos perdiendo los pulmones de Ceuta y el color verde que siempre ha distinguido a nuestra tierra está tornando al marrón de las zonas desérticas y al negro que deja el paso del fuego por los espacios naturales.

El distanciamiento general entre el ser humano y la naturaleza es una de las principales razones de la imparable degradación del medio ambiente. Tal y como señaló de manera certera el sociólogo Max Weber a comienzos del pasado siglo XX, estamos inmersos en  el desencantamiento del mundo debido a la extensión de la racionalización y la  intelectualización. Nuestra sociedad considera inexistente todo aquello que escapa a la razón y no puede ser dominado mediante el cálculo y la previsión. Los sueños son tachados de absurdos de la mente y las sincronías meras causalidades sin valor ni significado. Pocos creen en el poder que mana de la naturaleza y del cosmos y mucho menos en la posibilidad de que pueda comunicarnos algo inteligible.

No pretendo convencerlos de algo que solo puede experimentarse en primera persona. Lo único que deseo es llamarles la atención sobre nuestra responsabilidad colectiva de proteger y cuidar nuestro medio natural. Conviene abandonar la idea de que la naturaleza está a nuestro servicio, más bien es todo lo contrario. Somos nosotros, dotados de una conciencia superior y de la capacidad de expresarla, quienes debemos preocuparnos del cuidado de la obra divina y de todas sus criaturas, que poseen la misma dignidad que muchos consideran exclusiva de los seres humanos.

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