Después de los exámenes médicos pertinentes para la comprobación de la remisión del cáncer decidí no posponer más la partida para continuar el viaje, si algo he aprendido con esta enfermedad es que cada minuto que pospongamos nuestra vida es minuto perdido. La vida está pasando ahora.
Después de las despedidas y pasar un tiempo con mis hermanos e hijos era la hora de la partida. Una huelga de seguridad del aeropuerto Adolfo Suarez casi me hizo perder el vuelo, después del check-in tuve que hacer tres horas de cola hasta llegar a la puerta de embarque, llegué de milagro.
Al atardecer aterricé en Ciudad de México, cierto frio húmedo parecido al de nuestra ciudad me recibió, nada que quite las ganas de salir a explorar. Era el día de la independencia de México y casi todo estaba cerrado y poca gente por las calles. Me instalé en el barrio de Narvarte, era acogedor y, como al día siguiente descubrí, lleno de lugares con encanto y parques.
Al día siguiente, paseando llegué al bosque de Chapultepec, puestos de comidas y de artesanías a orillas del camino llevaban entre arboles al museo de Antropología de la ciudad de México. Es un museo precioso lleno de historia que me dio una idea de la cultura azteca durante la era precolombina totalmente diferente de la que aprendí en el colegio. Ni los españoles eran tan malos ni los aztecas tan salvajes, no necesitaban ser evangelizados ni salvados por otra cultura. Sabían sobre astronomía, tenían un conocimiento sobre la tierra y cultivos que dejaba a europa en vergüenza y se basaban en un calendario que mantenía la tierra fértil para las siguientes cosechas. A veces tenemos que poner en tela de juicio todo lo que creemos saber para tener un punto de vista más real del que poseemos.
Después de unas horas llenándome de historia azteca salí algo confuso y me senté cerca de un árbol en Chapultepec para tratar de digerir lo que había aprendido. El Sol calentaba en lo alto así que me dirigí al este por la calle Sevilla. Tres cuadras después encontré la razón de que las calles estuvieran casi vacías, a la altura del Ángel de la Independencia pasaban desfilando los diferentes cuerpos del ejército mexicano, una multitud hasta donde llega la vista los aplaudían y me llamó la atención en que los integrantes del desfile, ataviados con diferentes uniformes, sonreían y hasta saludaban, como si fueran familiares quienes asistían al desfile.
El tiempo que he vivido en México me ha servido para entender el patriotismo mexicano. Ellos aman la tierra que les vio nacer, su cultura, sus dialectos, su gastronomía, se sienten orgullosos por ser mexicanos de Oaxaca, Guanajuato, Chiapas…pero no se casan con ningún político, la política no hace crecer el trigo ni llena las redes de peces, eso lo saben bien, en ese aspecto nadie los va a engañar. Todo esto lo sé por lo que he podido observar en los mexicanos, ninguno de ellos, ni siquiera mis amistades me han hablado jamás de patriotismo o política en los meses que llevo en México.
Esa noche quise respirar ambiente mariachi y me fui a la plaza Garibaldi a disfrutar de sus baladas y de la danza del pañuelo de Veracruz. Cené allí cerca unos tacos que me dejaron la boca ardiendo hasta la llegada al hostal. Integrándome poco a poco en la cultura mexicana.
Lo iba a dejar para la vuelta al DF pero no pude resistir la tentación y un par de días después fui temprano al Zócalo, donde mexicanos y turistas se reúnen para tomar café, entrar a la catedral, curiosear entre los soportales adyacentes o hacer un ceremonial de humo sagrado. El Zócalo era un avispero donde cada uno iba a su destino sin pararse apenas a curiosear, la calurosa mañana tampoco invitaba a hacerlo.
Al día siguiente decidí ir a las afueras de la ciudad para conocer las pirámides del Sol y de la Luna en Teotihuacán. Tras una hora de trayecto en autobús, el paisaje cambió por completo y tras callejear por el pueblo el autobús se detuvo a unos centenares de metros de la pirámide del Sol, era impresionante de ver, la cultura teotihuacana colapsó en el año 800 D.C. actualmente no se sabe la razón pero en la estructura que hay a mitad de camino de las dos pirámides se puede adivinar las construcciones que una vez formaron una gran ciudad. La pirámide de la Luna a unos centenares de metros de la del Sol es unos metros más pequeña pero igual de impresionante.
Mi primera toma de contacto con la Ciudad de México fue desconcertante, tenía una idea errónea de la ciudad y de su cultura pero no del calor de su gente.






