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"La ciudad de los huracanes"

En un lugar rodeado de montañas, prisionero del mar y del cielo, una sombra gris gobernaba. La uniformidad y el clientelismo predominaban. Su gente no tenía futuro, el presente era quimera y el pasado, constantemente manipulado. El Estado, en su pretensión de control absoluto, había decretado que los apellidos —herencia, linaje, historia— eran fuentes de desobediencia. Una noche, que encerraba todas las noches, agentes con guantes de seda ¡blancos, sin dudas, blancos! pasaron casa por casa, tomando los apellidos que en ellas habitaban. Éstos no fueron completamente destruidos, sí absolutamente robados. La administración los trasladó a un páramo estéril, una tierra tan lejana que ni la memoria llegaba. Rodeada de una densa niebla de desidia y racismo. Donde la libertad quedaba prohibida. Allí, los Ministros de la Amnesia sembraron los sonidos que dotaban de sentido a cada apellido sustraído. Sílabas, acentos, letras, identidades tan queridas bajo la tierra seca, ahora, yacían. Pasado algún tiempo esta ignominia transmutó en semillas y de ellas brotaron árboles de cortezas secas con cicatrices tatuadas como vestimenta. Surgió en este yermo paraje un bosque frondoso, el Bosque del Olvido. La luz en el no penetraba ni sus copas por el aire eran acariciadas. Sus frutos eran efímeros como la sonrisa de un niño al que quitas su juguete preferido: pequeñas esferas de pura oscuridad en cuyo interior se escondían la primera caricia amada y el eco de tu voz. No sabemos si era maldición, o cruel desatino, pero al intentar tocarlas se descomponían en vacío y silencio, dejando un intenso aroma a nostalgia, que sin querer se masticaba como un sabor metálico de óxido.

Las hojas que en sus ramas anidaban resultaban aún más extrañas. No eran verdes, sino de una nívea pulcritud, como páginas de un libro recién abierto del que hubiesen huido las palabras. Al arribar la primavera instantáneamente amarilleaban, parecían secarse y en cada pliegue una injusticia refulgía. Terminaban arrugándose sobre sí mismas bajo el peso de un recuerdo no vivido.

Finalmente caían, y al alcanzar el suelo, las hojas no crujían. Se transformaban en suspiros, un suave “te anhelo” parecía nacer en ese momento. Se elevaban lentamente hacia ese cielo ya citado. Una vez su destino alcanzado, arriba, en la fría atmósfera, condensaban, buscando desesperadamente regresar a quienes en sus corazones los estaban esperando. Y así, cuando el Estado creía tenerlo todo orquestado una lluvia incesante de cálidas lágrimas las almas refrescaban, y al contactar con la piel de los ciudadanos sin apellidos, un huracán de honesta y justa indignación se materializaba. Alguien gritó: ¡Sebta!

Como en su día afirmara Soul Etspes: “Quien roba apellidos y siembra manipulación recoge indignación”.

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