Por ligar lo antiguo y lo nuevo a la perfección; por configurar un prisma perfecto basado en la sencillez; por hacernos volar... o navegar al contemplarlo unos segundos; por poseer una decoración exquisita... o, simplemente, porque les gustan.
Razones que explican por qué José Luis Pérez Marín, José Montes, Maite Cerdeira, Javier Arnaiz y Ángel Moreno, todos arquitectos que trabajan en la ciudad, se han fijado en unos edificios que nos muestran a través de sus miradas. De las que entienden más allá de si un edificio nos parece feo o bonito. La historia, los materiales, las formas, la decoración, el conjunto... todo influye a la hora de juzgar un proyecto. Estas son sus cinco propuestas.
La Real Academia de la Lengua le define como el arte de proyectar y construir edificios. Y la wikipedia va más allá. La conocida enciclopedia libre publicada por los internautas incluye, además, otros factores como la perdurabilidad en el tiempo, el cumplimiento de una determinada función y la provocación de un placer estético. Crear espacios y favorecer que las personas desarrollen en ellos sus actividades de convivencia social, de entretenimiento, familiares… Todo lo hace ella: la arquitectura.
Ningún lugar escapa a su presencia. Desde el pueblo más recóndito del Pirineo aragonés hasta las grandes ciudades como Nueva York o Madrid. Las formas arquitectónicas están presentes en cualquier lado. También, como no, en Ceuta. Con sus limitaciones, que las hay, la arquitectura ceutí nos deja un puñado de buenas construcciones que muchas veces escapan al ojo del ciudadano de a pie. Edificios quizás discretos pero que, bien por sus materiales, por la técnica utilizada en una época concreta, por su ornamentación o por su creación de espacios merecen un reconocimiento. Cinco arquitectos de la ciudad se han brindado a, desde el punto de vista profesional, escoger la que para ellos es la construcción más interesante de la ciudad. Cada uno con sus porqués.
La mejor de las opciones
“Fue un concurso de arquitectura abierto a muchos arquitectos, con un jurado plagado de profesionales que decidió, tras estudiar todas las propuestas, que el estudio de Sevilla de Antonio Cruz y Antonio Ortiz fuera el encargado”. El presidente del Colegio de Arquitectos de Ceuta, José Luis Pérez Marín, nos invita quizás al edificio más conocido por los ceutíes pero, al mismo tiempo, un gran desconocido arquitectónicamente hablando. Prefiere que comentemos la parte moderna del Palacio de la Asamblea, pues mucho se ha escrito ya sobre aquel edificio principal inuaugurado por Alfonso XIII en su visita de 1927. De su escalera imperial, con cerámicas de inspiración lusa de Ruiz de Luna, del imponente Salón del Trono de estilo francés, el de sesiones en Renacimiento español y la Rotonda de estilo Imperio. Pero allá por los ochenta la necesidad de ganar espacio tuvo que ser subsanada de un modo, según Pérez Marín, modélico. “En el proyecto de Cruz y Ortiz quedan plasmados temas importantes en cuanto a la calidad y funcionalidad de los espacios, así como el modo de adosar un edificio nuevo a uno preexistente”, plantea.
Sin olvidar, por supuesto, unos materiales hoy comunes pero punteros para le época. “Estamos hablando de una fachada ventilada con granito, la incorporación de la madera como elemento decorativo en el interior, el cristal...”. La naturaleza flirteaba con los arquitectos planteándoles la posibilidad de ser una parte importante dentro de los edificios. “¡Ojo! Era algo innovador para Ceuta, pero se hacía décadas atrás en otros lugares, sobre todo en los países nórdicos”, recuerda. Algo que no le quita ni un ápice de su esplendor. “Es brillante tanto en el interior como en el exterior en el sentido de que consigue amoldarse muy bien a la altura de los edificios contiguos”.
Tampoco faltó la polémica en la aprobación del proyecto. “Julio Cano Laso proponía hacer una simetría idéntica del edificio antiguo y el asunto saltó incluso a las revistas especializadas del sector a nivel nacional”. Discrepancias a un lado, con la dictadura franquista recién superada los procesos democráticos al cien por cien no estaban, aún, demasiado asimilados en la conciencia colectiva. “Otro planteaba una fachada de cristal que hubiera sido totalmente desafortunado por la orientación del edificio”.
Pérez Marín destaca el resultado exterior sin olvidar que por dentro la casa de todos los ceutíes cuenta con unas comunicaciones interiores “muy bien resueltas, pues los espacios se ligan visualmente y esto da mucho juego”. Un conjunto casi ejemplar que, para él, no se ha respetado o reconocido a nivel local lo suficiente. Y decimos ‘casi ejemplar’ porque a todo se le puede sacar una falta. “Si hay algo que echarle en cara, y no por culpa del edificio, es que muchas obras públicas desarrolladas por las corporaciones sucesivas no siguieran el ejemplo de aquel concurso”.
Una mujer guapa...
... no hace falta que se pinte”. De la mano de la arquitecta Maite Cerdeira cruzamos el foso para llegar hasta las Puertas del Campo. Allí nos cita ante una construcción que, en apariencia, no tiene nada pero para ella significa mucho. Significa la pureza arquitectónica. “Es un prisma rectangular perfecto sin moldura”, explica. Unas torres militares de vivienda social que compara de un modo muy gráfico. “Una mujer, cuando es guapa, no hace falta que se pinte, pues a este edificio le pasa igual, que no le hace falta ser recargado con nada”. Una construcción que, calcula, rebasa los cuarenta años luciendo tan espléndido como en los años sesenta. Como un buen traje de chaqueta, no pasa de moda. “Reúne recursos que estamos utilizando ahora cualquiera en nuestros proyectos, sin ir más lejos las ventanas están todas metidas en un rehundido en la misma línea y al llegar al salón baja”, ejemplifica, “algo que sin ir más lejos utilicé yo para Patio Páramo”. Si por un casual usted vive ahí esté atento, quizás algún día vea su edificio en cualquier revista sobre arquitectura, pues obras similares siguen incluyéndose con frecuencia en este tipo de publicaciones.
“Me resulta muy impactante esta torre, desde que comencé a fijarme en las construcciones al pretender ser arquitecta”, dice, “y es que si haces una fotografía desde cualquiera de sus lados el resultado es como un cuadro de Mondrian, un juego de formas muy simple pero muy bonito”. Ni las posteriores manos de pintura, ni las reformas de muchos de sus vecinos han alterado, en su opinión, un ápice la esencia de un edificio que nació como viviendas sociales para militares y que imprime personalidad a la zona. “Imagino que en el interior la solución será la típica de la época, cuando las viviendas sociales eran mucho más pequeñas que en la actualidad”, supone. Se nota que no es fan de un estilo arquitectónico concreto, sino que valora cada obra sin desligarla del momento histórico en que nació. “Al pensar el tema barajé también ‘El Santo Ángel’ como ejemplo de una casa típica señorial de Ceuta en los principios de siglo o ‘Ybarrola’ también”, confiesa. Edficios en ocasiones algo abandonados que en su momento imprimieron un aire nuevo a la estética de toda una ciudad. “Por ellos no pasa el tiempo, yo ahora hago un proyecto igual que esos y, como sea para alguien famoso, cualquiera diría ¡qué edificio más bonito y más moderno!”, bromea, “y directa a las revistas”.
Ceuta en la vanguardia
Echamos a andar de nuevo para, con la compañía del arquitecto de la Ciudad, Javier Arnaiz, visitar el Muelle de España. Allí nos montamos mentalmente en un barco. El que simboliza el edificio de la Autoridad Portuaria, levantado a principios de los años 30 y obra de Manuel Latorre Pastor. “Lo he elegido por su simbología, pues fractura la historia del diseño arquitectónico en la ciudad”, explica Arnaiz, “es el primer momento en que la modernidad coincide en Ceuta con el resto de lugares”. Un punto en el que, dice, técnica y estética se dan la mano en un mismo edificio. De palacete, pues el primer proyecto era de Andrés Galmés Nadal, a trasatlántico. Un cambio que no es baladí: “En esos años se cambia la nomenclatura del muelle, de llamarse ‘Alfonso XIII’ a denominarse ‘Muelle de la República’, así que un edificio de corte aúlico no pega ya, no va en consonancia”. Así que, estando ya en construcción, todo cambió. Había que cambiar la imagen exterior de un edificio que, para ir acorde con la imagen que se quería imprimir a la República, debía ser muy vanguardista.
Un artículo publicado en la revista ‘Arquitectura’ por él mismo da una idea bastante clara de la historia de un proyecto que, precisamente por la inestabilidad política de la época, tuvo varias idas y venidas no en lo que compete al interior, sino a la fachada, a la apariencia exterior. “Latorre no produce una imagen fragmentada del buque como hace Aizpurúa en San Sebastián, sino dibuja una unidad, un navío completo (...) algo que exige un esfuerzo, una operación mental para que se mantenga”, explica el mencionado escrito. Confiesa que, aparte de por su simbolismo e indiscutible belleza, ha escogido la sede de la Autoridad Portuaria porque es de esos edificios que perduran en el tiempo. “Es muy raro que un edificio residencial signifique algo para la gente”, reflexiona, “por eso prefiero, más que los espacios cerrados, lugares de encuentro, de convivencia”.
Del barco... al avión
Echamos a andar de nuevo para, con la compañía de uno de los arquitectos más jóvenes de la ciudad, José Montes, embarcar en el avión más emblemático de la ciudad. Ese que construyeron los hermanos Blein, arquitectos mencionados, de uno u otro modo, por nuestros cinco profesionales invitados. “La arquitectura racionalista, igual que ocurre con ‘el barco’ de la Autoridad Portuaria, impregna a ‘El Avión?”, comenta Montes, “y esta corriente llega a España sobre los años treinta unida a la incorporación de nuevos materiales como el mármol, el hierro o el ascensor de OTIS y diversos cambios sociales”. Se elimina lo supérfluo, yendo directamente a los volúmenes y centrándose en las líneas verticales y horizontales. “Influyen mucho los nuevos medios de locomoción que impregnan los edificios de ese aire aerodinámico, se vuelven a las formas sencillas para dar respuesta a los cambios de la sociedad”. Un edificio que es quizás el máximo exponente de toda una corriente pero que, por su ubicación entre otros edificios residenciales, en un segundo plano en las proximidades de la plaza Mina, pasa bastante desapercibido para los viandantes.
Pero vayamos a lo concreto después de hablar de lo que Montes, a nivel general, considera un “emblema”. También le gusta cómo el edificio se amolda a una superficie bastante irregular, emergiendo casi de la nada. Y su cuerpo central, que imprime gran verticalidad. “Hay detalles en el portal también muy remarcables que fueron anticipados en la Exposición Universal de París del 1929”. Habla de los elementos de la puerta y vestíbulo en forma de abanico, escalonamiento y marcos repetidos. Fijénse en los detalles cuando pasen ante él, merece la pena.
Un desconocido
Pocos años antes del inicio del racionalismo comenzó a proyectarse el edificio predilecto escogido por el arquitecto Ángel Moreno. Opta por uno residencial, en plena calle Real. De esos de cuya historia poco se sabe, pero el cronista oficial de la Ciudad, José Luis Gómez Barceló, le da unas referencias que él mismo nos transmite. “Es una obra encargada por Victoriano de Mena y Serrano y Francisco Reina León al arquitecto municipal Santiago Sanguinetti, que proyecta algo de corte regionalista con cierros y miradores con tejadillos cerámicos”. Sin embargo todo cambia a principios de los años treinta, cuando Gaspar Blein sucede a Sanguinetti. Éste lo transformó en avanzados de mampostería, con formas redondeadas y parámetros esgrafiados en blanco y rojo.
A Moreno, lo que más le atrae es su decoración exterior a pesar de que “para la mayoría, pasa desapercibido”. Cuenta, y viéndolo de cerca se confirma su punto de vista, que es un edificio pensado para observar desde abajo. “Se nota que el arquitecto contaba con que edificaba en una calle estrecha y la obra no podría verse bien de frente, así que decoró por abajo hasta el más mínimo detalle, debajo de cada balcón”, explica Moreno. Con un interior de la época, con el típico ascensor de forja, pasillos largos y múltiples habitaciones, es un edificio residencial con mucha historia. Hoy local de una juguetería, sus bajos han servido tanto como local ferretero como de tienda de tejidos Cruzado. También de clínica del doctor Ostalé y, durante la Guerra Civil española, refugios. Quizás el más desconocido de los cinco protagonistas de hoy, quizás el más callado también. El quinto de unos edificios que forman parte de la historia arquitectónica de la ciudad. Y usted, ¿cuál prefiere?






