El próximo 13 de agosto, casi coincidiendo con el 40 aniversario de la Marcha Verde, se cumplirán asimismo cuatro décadas del último hito en la reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla en Naciones Unidas.
¨Aquel día, el Comité de los 24 aplaza para 1976, el examen de la eventual ampliación de la lista de Territorios no Autónomos. Marruecos entraba en esos momentos en la fase final del cerco diplomático sobre el Sáhara, obteniendo por la resolución 3292 (XXIX) el desbloqueo del asunto, al decidir la Asamblea General que el diferendo pasara al Tribunal Internacional de Justicia y decide no bifurcar sus esfuerzos, concentrándose en el objetivo más inmediato¨, escribe el diplomático Francisco Villar. ¨Así la cuestión de las Plazas de soberanía queda congelada en la ONU, pendiendo cual espada de Damocles sobre la cabeza del gobierno español, hasta el día en que a Rabat le interese reanimarla¨, concluye Villar, con frase autorizada aunque un tanto efectista.
¿Reactivará Rabat la reivindicación sobre Ceuta y Melilla?
Por encima de las incorrecciones de diversa índole que llenan todos nuestros libros y las referencias a ellos y que no volveremos a escribir, se impone constatar que dentro de la veintena de soluciones que yo vengo recogiendo para el contencioso, ¨que es el tema más delicado que enfrenta la política exterior española¨, en la formulación del diplomático Fuentes Monzonís, la solución natural parecería ser la integración a España o a Marruecos, sin que el orden implique aquí prelación. Como ha puntualizado el profesor Ruiz Miguel, ¨mientras que Gibraltar, sea cual sea el desenlace, quedará en manos europeas, Ceuta y Melilla no se sabe si terminarán en manos europeas o árabes¨.
Pero más allá de futuribles, lo que se pretende en estas líneas es analizar un caso de técnica diplomática cuya potencial inmediatez vendría dada también por el simbolismo de cuatro décadas, por el valor ambivalente del factor tiempo en la política exterior, que constituye uno de los elementos de mayor carga en el ámbito de las relaciones internacionales.
Pues bien; no parece que la hábil, aunque aquí forzada, diplomacia marroquí vaya a suscitar ante la ONU, en plazo contemplable, un asunto que si bien significa parte perenne e irrenunciable del ideario político alauita, se muestra mediatizado por el desenlace en el Sáhara. Por lo demás y centrándonos en el caso concreto Ceuta y Melilla ante Naciones Unidas, parecería que el enfoque que realicé hace ya un cuarto de siglo y que he venido reiterando en distintos libros, sigue alcanzando un grado suficiente de validez. Y ello tanto es así, que parece pertinente su reproducción.
¨El estatuto de Territorios no Autónomos: de la independencia a la libre asociación o integración.
Hay que partir del siguiente supuesto. Marruecos, que ha visto escaparse el ¨horizonte 2000¨ sin que progrese la vía bilateral y sin que la opinio de las organizaciones internacionales parciales haya servido para desbloquear el diferendo, decide plantearlo al máximo nivel, esto es, Naciones Unidas y ahí, ante el organismo competente, el Comité de los 24. En efecto, no utilizaría en primera instancia el Tribunal Internacional de Justicia porque sus chances serían mínimas, a diferencia del asunto Sáhara Occidental. Reactivaría, pues, su demanda ante el Comité de los 24, donde como se termina de decir, está congelada desde el 13 de agosto de 1975. Sigamos en la hipótesis de que el Comité de los 24 admite a trámite la petición marroquí y vistas las resoluciones 1514 (XV), 1541(XV) y 2265 (XXI), resuelve sorprendentemente en derecho pero nunca decartablemente desde la óptica política, la inclusión de las ciudades en el status de Territorios no Autónomos.
En este punto y como es sabido, las modalidades de la libre autodeterminación, a tenor de las resoluciones citadas, son: independencia; libre asociación; integración o cualquier otro estatuto político. Entonces, existiría la posibilidad teórica de que Marruecos ¨recuperara¨ las ciudades. Pero se daría también la misma posibilidad –sólo que con visos de mucha mayor probabilidad- de que se desestimara la opción marroquí. No parece haber necesidad de argüir a fondo para concluir que en la disyuntiva integración a España o a Marruecos, las ciudades se decantarían por la alternativa española o, en otros términos, que en ninguno de los cuatro supuestos de la autodeterminación, las ciudades pasarían a Marruecos. Por lo pronto, está el argumento más simple, el numérico, pero hasta en cuotas similares hay datos más que suficientes para pronosticar que los musulmanes se sienten melillenses y ceutíes, lo que les da un nivel de vida político y económico considerablemente superior al que en la actualidad ofrece el vecino del sur, que necesitará bastante tiempo –así en genérico- para superar el gap.
Y si se quiere, la misma independencia, solución que aparte de su basamento legal, se inscribiría de forma natural en el contexto de la autodeterminación de los pueblos. Se trata de núcleos humanos, de cuantía considerable, que llevan establecidos en el territorio secularmente, en un tiempo cuya duración excede a la de cualquier otra colectividad y es hasta anterior a la existencia de España como Estado y no digamos de Marruecos. Situados así ante el supuesto independentista, no resultaría inconveniente determinante la exigüidad territorial (Ceuta, 19.300 Kms2; Melilla, 12.300). Recordemos que Mónaco tiene una superficie de 20 Kms. cuadrados.
A partir de aquí, la viabilidad sería otra cuestión, lo que emplaza el tema ante la posibilidad teórica de la libre asociación, en el estado políticamente cuasi puro de Puerto Rico con Estados Unidos o en los más peculiares pero igualmente operantes de la ¨amistad protectora¨ de Francia con Mónaco o de Italia con San Marino, y dentro de esos regímenes, interesarían los aspectos económicos, es decir, las uniones aduaneras del tipo Liechtenstein-Suiza o Mónaco-Francia."
Estamos convencidos – y raramente habrá aparecido ese término en mis escritos- de que para Ceuta y Melilla el pasado ha terminado. Deseamos lo mejor para estas dos históricas ciudades que son, en primera y última instancia, las grandes oportunidades para dos países ¨llamados a entenderse¨, en frase pronunciada por Franco en 1958 y que como la también suya de la ¨fruta madura¨ referida a Gibraltar, ha hecho fortuna.
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