Desde hace algún tiempo, al pasar por la Plaza Vieja en mi camino diario a la playa de la Ribera, venía contemplando un cartel en uno de sus locales comerciales con la leyenda “Ceuta Star, Cerveza Artesana Hecha en Ceuta”.
No tenía ningún anuncio con horario de apertura. Pero sí se indicaban algunos de los días en los que se podrían degustar los distintos tipos de cerveza que allí se elaboraban. Intenté visitar las instalaciones en varias ocasiones, pero no lograba coincidir con los días de apertura. Tampoco sabía si se trataba de un bar, de una fábrica de cerveza, o de ambas cosas a la vez.
Por fin conseguí mi propósito. Era un día al anochecer. En el local había una mujer que no paraba de moverse de un lado para otro, detrás de un pequeño mostrador con varios grifos de cerveza. Al fondo, relucientes silos, perfectamente alineados, para lograr un óptimo aprovechamiento del pequeño espacio disponible. Eran los depósitos para la fermentación de la cerveza. En la entrada, un par de amigos charlando y bebiendo. Le dije que queríamos comprar unas cajas de cerveza, pero que antes la íbamos a probar. Cuando ya habíamos degustado las tres variedades que tenían en ese momento, le preguntamos el precio. La señora intentaba justificarlos. Nuestra respuesta fue inmediata. Quizás demasiado contundente: “No se preocupe por explicarnos el por qué del precio. La cerveza es artesana y está muy buena. Nos vamos a llevar dos cajas. Queremos darla a conocer en la inauguración de una panadería artesana de pan ecológico que se hace mañana en un pueblecito de Granada”. Aún no habíamos tenido tiempo de entrar en detalle del por qué nos interesaba su producto de elaboración artesanal.
A lo largo de la historia muchas civilizaciones que se creyeron inexpugnables colapsaron y desaparecieron. Solo sobrevivieron las villas rurales, alrededor de las cuales se crearon pequeños núcleos urbanos, dedicados a la agricultura y la ganadería. Esto fue posible porque las gentes de aquellos tiempos, contaban con un profundo conocimiento práctico artesanal en materias básicas para la supervivencia como el cultivo, la crianza de animales, la fabricación de útiles o la construcción de edificios. Aquí está el origen de lo que se conoce como “oficios artesanos”, que no son más que ese conjunto de saberes fundamentales para la vida, que van a ser vitales en el mundo que se nos avecina. Muchas de las cosas a las que nos hemos acostumbrado que hagan otros en nuestro nombre, vamos a tener que hacerlas con nuestras propias manos, aplicando métodos artesanos tradicionales de producción.
La esencia de la artesanía hoy día está en la obligada evolución hacia un mundo más próspero y saludable para todos sus habitantes, en la recuperación y vitalización del “saber hacer”, que además representa una considerable fuente de empleo y, sobre todo, de trabajo por cuenta propia. Esta promoción de la industria artesanal hay que enmarcarla en un proceso general de transformación de la sociedad y del propio ser humano. En la recuperación de profesiones antiguas que, con el paso del tiempo y el avance de la técnica, han ido desapareciendo para dar paso a la máquina, capaz de producir miles de productos en el menor tiempo posible, pero incapaz de dar a sus creaciones el sello personal que les daban los auténticos maestros artesanos. Es la sociedad del consumo sin fin. Del crecimiento económico sin límite. Del culto a la mediocridad y al puro materialismo.
Cuando entramos en conversación, al calor de la primera cerveza bebida, mientras nos etiquetaban a mano las cervezas que nos íbamos a llevar, pudimos descubrir a una mujer encantadora. Madre de familia (su marido andaba por allí ayudando), culta, con estudios de química y ciencias ambientales, recientemente graduada en magisterio (con magnífico expediente académico). Con pasión por la cerveza bien hecha. Emprendedora. Que no se había dejado intimidar por el catastrofismo y el pánico al que han querido conducirnos los gestores de esta terrible crisis. Nos atraía especialmente el hecho de que su pequeño proyecto hubiese transcurrido, sin saberlo, de forma paralela al desarrollado por dos mujeres de análoga formación y visión emprendedora, “Pan de mi Pueblo”, que al día siguiente se inauguraba al otro lado del Estrecho. Similares problemas. Idénticas inquietudes. Parecidos objetivos. Por estas razones, fundamentalmente, queríamos que los amigos que acudieran al acto, probaran la primera cerveza artesana de Ceuta, junto al primer pan ecológico, y también artesano, de Dílar.
En un mundo tan extremadamente acelerado como el actual, quizás no sea mala idea, de vez en cuando, dejar un poco de tiempo para uno mismo. A veces, simplemente es suficiente con reflexionar acerca del sentido de nuestro paso por la vida. En otras ocasiones, bastará con plantar y ver crecer una flor. En mi caso, amasar la harina, olerla y verla crecer durante la fermentación, darle el punto adecuado de cocción y, por fin, poder paladear el sabor de un auténtico pan casero, no sólo es un placer, sino un reencuentro con las mejores tradiciones del pasado. Yo creo que es lo que les pasa a estas mujeres emprendedoras a las que me he referido. Lo que han hecho no es más que emprender e innovar, pero recuperando la tradición. Es la mejor alternativa a la crisis económica.
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