Ceuta ha perdido. Han ganado el Gobierno de Marruecos y el Gobierno de España, y los intereses de Europa se imponen por la vía de los hechos.
En el siglo XXI es muy difícil defender lo que es evidente, defender la historia, la tradición y el derecho, defender la costumbre, porque es mucho más importante lo que parece, es mucho más importante el relato oficial que la propia realidad. En el siglo XXI no importan la mentira ni la verdad sino el interés.
Después de todo, en Ceuta no hay votos. Mentir es barato, porque el partido del Gobierno de España, en 2023, obtuvo 7.158 sufragios. O sea, el precio de la mentira en Ceuta apenas tiene consecuencias para el poder.
Ha ganado el Gobierno de Marruecos, que tiene paciencia. El Gobierno de Marruecos consigue sus cosas domésticas a base de estrangular a la población, que odia profundamente a Mohamed VI. Sin embargo, las cosas exteriores las consigue con paciencia, con tiempo, no con razones objetivas. Además de con paciencia, las consigue comprando embajadores de marca de esos que no se ven a simple vista y, aunque eso sí que les cueste dinero (los que hay en España, los que hay en Europa) les compensa por ese trabajo de zapadores que preparan el camino al gran sueño alaouí.
También ha ganado el Gobierno de España porque no se enfrenta a nada. Abandonar 18 km2 es muy poco por no perder sintonía con los planes continentales sobre hubs de inmigración o plataformas de contención que, aunque sean caras, les liberan el camino del discurso migratorio para poder echárselo a la cara a ese nuevo demonio llamado derecha. El discurso, el relato del Gobierno de España, de Izquierda y de extrema izquierda, es irreconocible respecto a unos pocos años. Y ojo, que esos kilómetros de tierra llevan aparejados una buena cantidad de aguas territoriales, que en la geopolítica de hoy están de moda los estrechos.
"Y Ceuta pierde. Ceuta pierde porque, en lo sucesivo, el Presidente de España (y Marruecos), lo único que va a hacer es sentarse a ver cómo los caballas nos conformamos o nos vamos”
Y Ceuta pierde. Ceuta pierde porque, en lo sucesivo, el Presidente de España (y Marruecos), lo único que va a hacer es sentarse a ver cómo los caballas nos conformamos o nos vamos. Nos estamos conformando, estamos asumiendo que las cosas son así, que las calles estén llenas de mierda y de cucarachas que empiezan a subir a las casas, que todo huele mal, que no podemos ir solos, que llevamos un bote peligroso en el bolso. O nos vamos porque no hay quien aguante esto, porque ya estoy de los nervios y no descanso por la noche, porque el piso que compré por 400.000 lereres, dentro de un año, no valdrá más que la mitad. Me imagino un montón de razones por las que los ceutíes se acostumbren o se vayan.
Pero en el fondo del todo veo una cosa que creo que es la más importante. Creo que cada persona tiene sus costumbres. Cada pueblo tiene sus costumbres. Cada nación o país también tiene sus costumbres. La costumbre es esa manera de hacer las cosas, de comportarse ante las situaciones, es ese estilo que se hereda de padres a hijos.
En latín, costumbre viene de mos moris, de la tercera imparisílaba, como todo el mundo sabe, y significa eso mismo: modo habitual de hacer las cosas que se repite y se deja en herencia. Tan importante es la costumbre que se la considera como una de las fuentes del derecho, porque lo que llevamos haciendo durante años acaba convirtiéndose en ley.
Veo que la ley y la costumbre se separan y, cuando se separan, nos vemos obligados a elegir entre seguir a la una o seguir a la otra. Seguir la costumbre significa honrar nuestra memoria y la de los nuestros, honrar a nuestro propio ser; o seguir a la otra, a la ley, lo que significa que tengo que sacrificar mis principios porque lo dicen el Gobierno y el Parlamento, que son los que legislan en España.
Moral o ley: esa es la elección de cada día. Si en el espacio público y político de nuestro país alguien se ocupase de mantener las leyes cerca de las costumbres, las cosas nos irían mucho mejor.
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