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Un viaje que pudo haber ocurrido

Una escapada de verano a Portugal terminó ante una pequeña casa de Torres Vedras cuyo nombre obligaba a detenerse: Casa de Ceuta. Detrás de aquella fachada había una historia que llevaba directamente hasta los preparativos de la expedición portuguesa que culminó con la toma de la ciudad en 1415.

Soy melillense, aunque desde hace años vivo en Málaga, y siempre he sentido a Ceuta como una ciudad hermana.

Melilla y Ceuta tienen su propio carácter y su propia historia, pero quienes hemos nacido en una de las dos ciudades españolas del norte de África sabemos que compartimos muchas cosas: la relación con la Península, el carácter fronterizo, la convivencia entre culturas y esa particular manera de vivir mirando siempre hacia más de una orilla.

Este verano no tenía grandes planes. Portugal apareció casi de forma natural. Está cerca, culturalmente resulta familiar y todavía permite organizar una escapada sin alcanzar los precios de otros destinos europeos.

Así que un buen día me planté en el aeropuerto de Málaga con destino a Lisboa.

Pero Lisboa iba a ser únicamente la puerta de entrada. Ya conocía la capital portuguesa y esta vez quería salir de las rutas habituales. El lugar elegido fue Torres Vedras, unos 50 kilómetros al norte.

Desde el aeropuerto tomé un vehículo con conductor. Lisboa fue desapareciendo por la ventanilla y el paisaje empezó a cambiar. El continuo urbano dejó paso a espacios más abiertos, campos y viñedos. Torres Vedras me recibió con un ritmo mucho más tranquilo que el de la capital, de esos lugares que invitan a caminar sin mirar demasiado el reloj.

Portugal me recordó también enseguida que nuestros idiomas se parecen lo suficiente para confiarnos y lo bastante poco para meternos en algún lío.

Ahí está, por ejemplo, la palabra portuguesa esquisito. Para un español suena peligrosamente a “exquisito”, cuando puede significar “raro” o “extraño”. Utilizarla alegremente para felicitar a un cocinero habría sido una forma bastante peculiar de agradecerle la comida.

Lección aprendida: cuando una palabra portuguesa parece significar exactamente lo mismo que en español, conviene pensarlo dos veces.

Poco después llegaría la verdadera sorpresa.

Una Casa de Ceuta en Portugal

En pleno casco histórico de Torres Vedras, cerca del castillo, aparece una vivienda conocida como Casa de Ceuta.

El nombre me hizo detenerme.

Encontrar Ceuta allí no me pareció una simple curiosidad turística. Desde mi mirada melillense, aquel nombre remitía de inmediato a una ciudad emocionalmente cercana, aunque estuviéramos a cientos de kilómetros del Estrecho.

La vivienda es sencilla. No estamos ante una fortaleza ni ante un gran palacio medieval. Su interés está precisamente en aquello que ya no puede verse.

La investigación histórica relaciona ese emplazamiento con el antiguo Paço Régio de Torres Vedras, residencia vinculada a la monarquía portuguesa. El edificio medieval desapareció y, a comienzos del siglo XX, se levantó en aquel solar la vivienda que hoy conocemos como Casa de Ceuta.

El nombre nos lleva hasta julio de 1414.

En Torres Vedras se celebró entonces un Consejo Régio relacionado con la preparación de la expedición portuguesa que acabaría tomando Ceuta al año siguiente.

Decir que allí “se decidió conquistar Ceuta” sería una frase magnífica, pero demasiado rotunda. Las investigaciones del historiador portugués Carlos Guardado da Silva señalan que João I llevaba años manejando aquella empresa. La reunión habría servido, más bien, para darle respaldo político y avanzar en su preparación militar.

Entre los asistentes estaban los infantes Duarte, Pedro y Henrique —el futuro Enrique el Navegante—, el condestable Nuno Álvares Pereira y otros responsables de la Corona y de las órdenes militares.

Después aparece la parte casi cinematográfica.

La Crónica da Tomada de Ceuta, escrita por Gomes Eanes de Zurara varias décadas después, relata que aquella jornada habría comenzado con una misa solemne del Espíritu Santo y que los participantes juraron guardar secreto. También cuenta que Nuno Álvares Pereira habría intervenido después del rey para apoyar la empresa.

La escena resulta magnífica: el monarca, sus hijos, algunos de los hombres más importantes del reino y un juramento de silencio mientras se preparaba una operación cuyo verdadero objetivo debía mantenerse oculto.

Pero conviene separar relato y certeza. Zurara escribió décadas después y estaba vinculado a la corte portuguesa. Su crónica es una fuente histórica fundamental, pero no una transcripción literal de aquella reunión.

La buena anécdota y la historia documentada pueden convivir. Solo hay que saber cuál es cuál.

Portugal todavía se ve en Ceuta

El desenlace sí está claro.

El 21 de agosto de 1415, Ceuta fue tomada por los portugueses.

Comenzó entonces una relación que duraría más de dos siglos. Ceuta permaneció bajo la Corona portuguesa hasta 1580, cuando comenzó la unión dinástica de las coronas ibéricas bajo los Habsburgo. Durante aquel periodo la ciudad conservó una fuerte impronta portuguesa.

En 1640, Portugal restauró su independencia, mientras Ceuta decidió permanecer fiel a Felipe IV. Finalmente, el Tratado de Lisboa de 1668 reconoció formalmente la situación de la ciudad dentro de la Monarquía española.

La huella portuguesa, sin embargo, sigue a la vista.

La bandera blanca y negra de Ceuta procede de la tradición de San Vicente, históricamente vinculada a Lisboa, y su escudo conserva también una clara raíz portuguesa.

Todo eso se contempla de otra manera desde Torres Vedras.

Normalmente pensamos la historia de Ceuta desde el Estrecho. Allí, en cambio, uno está a cientos de kilómetros frente a un lugar relacionado con acontecimientos que terminarían cambiando profundamente la historia de la ciudad.

Del Consejo Régio al bocadillo

Pero tampoco quería convertir las vacaciones en una clase permanente de Historia.

Viajar consiste también en pasear, entrar en un mercado y probar lo que come la gente.

En Torres Vedras son populares las bifanas y las sandes de cozido, estas últimas basadas en una idea sencilla y contundente: llevar al pan carnes y sabores del tradicional cocido portugués.

Y ahí volví a pensar en Ceuta.

El campero de corazones es uno de esos productos que para muchos ceutíes necesita pocas explicaciones, pero que puede sorprender a quien llega de fuera. Unos corazones de pollo quizá no parezcan, sobre el papel, el relleno más evidente para un bocadillo. Allí, sin embargo, se han convertido en uno de los sabores más reconocibles de la gastronomía popular.

La comparación me hizo gracia: en Torres Vedras decidieron meter un cocido dentro de un pan y en Ceuta demostraron que unos corazones de pollo podían convertirse en protagonistas de un campero.

Ceuta ha sabido recibir durante siglos influencias muy distintas y convertirlas en algo propio sin perder una identidad perfectamente reconocible. El campero es solo un pequeño ejemplo. Su relación con Málaga resulta evidente —algo especialmente cercano para mí porque es donde vivo—, pero al cruzar el Estrecho adquiere una personalidad inequívocamente ceutí.

Desde mi mirada melillense, esa capacidad resulta especialmente familiar.

Conservar y contar la memoria

La Casa de Ceuta me hizo pensar también en algo que muchas veces damos por supuesto: la historia de una ciudad no se conserva sola.

Detrás hay investigadores, profesores, historiadores, cronistas y estudiosos que pasan años entrando en archivos, revisando documentos y recuperando historias que podrían haberse perdido.

Ceuta ha contado durante generaciones con personas dedicadas a esa tarea. Resulta fácil quedarse con sus murallas, su bandera o su escudo; detrás de esos símbolos hay también muchas horas de estudio destinadas a explicar de dónde vienen y qué parte del pasado de la ciudad conservan.

La propia investigación desarrollada en Torres Vedras sobre estos acontecimientos ha reunido trabajos de historiadores portugueses y de especialistas vinculados a Ceuta y Marruecos.

Una ciudad conserva su memoria con sus monumentos, pero también gracias a quienes se hacen preguntas sobre ellos.

Y gracias a quienes cuentan las respuestas.

Ahí tiene su lugar la prensa local.

El Faro de Ceuta, acostumbrado a mirar la ciudad desde cerca, acaba conservando algo más que las noticias del día: personajes, costumbres, investigaciones y pequeñas historias fascinantes. que difícilmente encontrarían espacio en un gran medio nacional.

Encontrarse Ceuta en Portugal

Cuando salí de Málaga no estaba buscando nada de todo esto.

Solo quería conocer algo diferente de Lisboa.

Por eso la sorpresa fue mayor.

La actual Casa de Ceuta no es el palacio medieval de 1414 y no sabemos qué palabras exactas se pronunciaron en aquel consejo.

Tampoco hace falta adornarlo.

Más de seis siglos después, allí estaba yo: un melillense que vive en Málaga, de viaje por Portugal, delante de una pequeña casa que llevaba el nombre de una ciudad hermana.

Había salido pensando simplemente en conocer otro rincón de Portugal y terminé encontrando, a cientos de kilómetros, una parte inesperada de la historia de Ceuta.

Uno sabe desde dónde sale. Lo que nunca sabe del todo es lo que va a encontrarse por el camino.

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