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Ceuta en la garganta: La lenta amputación de la España viva

Entre la condena a cuatro meses de orfandad, el sarcasmo del Gobierno ante la angustia ciudadana y la sombra de un desastre que amenaza con arrastrar a Melilla y Canarias

Por César Valdeolmillos Alonso
28/08/2026 - 23:40
ceuta-garganta-lenta-amputacion-espana-viva
Imagen cedida

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«Hay personas que no pueden ver la patria sino en un mapa; yo no puedo verla sino en el rostro de mis hermanos, en su dolor y en su carne.»

Miguel de Unamuno

Hay cosas de las que resulta imposible escribir desde el frío despacho de la razón de Estado, ni con el cálculo numérico del estratega de salón, sino desde la propia entraña. Desde esa trágica conciencia de que la patria no es una simple frontera pintada en la cartografía, sino un cuerpo humano completo. Un cuerpo que respira, que sufre y que sangra. «Me duele España», clamaba Miguel de Unamuno desde lo más hondo de su ser; y aquel no era un lamento literario ni una pose intelectual, sino el grito de agonía de quien se sabe carne de esa misma tierra. Hoy, ese dolor no es una abstracción: tiene un nombre y una geografía concreta. España duele en Ceuta. Duele en sus calles angustiadas y en sus vecinos desamparados, no como se duele una lejana propiedad administrativa, sino como duele la mano que empieza a perder el riego de la vida.

Si uno fuera ceutí en estos momentos, el aire mismo resultaría irrespirable. Para comprender la magnitud de lo que allí acontece no hace falta ser un analista geopolítico ni un adivino agorero; basta con ponerse en el pellejo de quien ve cómo su propio hogar se desmorona sin que nadie acuda en su auxilio. Piense el lector por un instante lo que significa levantarse cada mañana en una ciudad pequeña y estrecha y encontrarse con miles de personas deambulando sin rumbo ni control por sus barrios. Piense en la angustia de las familias en El Tarajal, en la barriada de El Príncipe, en Lomas Colmenar o en Margarita, viendo cómo la normalidad salta por los aires y la sombra del allanamiento se proyecta sobre sus comercios y sus propias casas.

En las calles de Ceuta hoy reina el miedo. No es un temor infundado ni un prejuicio inventado por la distancia; es la cruda realidad de madres y jóvenes que se ven obligadas a organizarse en grupos para salir a la calle, temiendo por su integridad física ante la actitud crecientemente hostil de quienes han ocupado la ciudad al margen de la ley. La vida cotidiana se ha convertido en una carrera de obstáculos por la supervivencia. Ya se denuncian asaltos y ocupaciones sin que la autoridad reaccione con la contundencia debida. ¿Acaso alguien tendría la osadía de criticar al ceutí que, acorralado por esta inseguridad social, sanitaria y económica, sienta que el suelo se hunde bajo sus pies? ¿Quién podría reprocharle a un padre de familia que por defender su presente y su futuro valore vender lo poco que tiene para huir a la península y poner a salvo a los suyos?

El sarcasmo del poder y el insulto al herido

Lo verdaderamente trágico, lo que enardece las entrañas de cualquier ciudadano biennacido, no es solo el embate que llega de fuera, sino la humillante respuesta que se recibe desde dentro. Frente al incendio que quema las entrañas de Ceuta, el Gobierno presidido por Pedro Sánchez ha reaccionado con una combinación intolerable de parsimonia y paternalismo. Pedir a los ceutíes que “arrimen el hombro" y estén dispuestos a esperar al menos cuatro meses más sin ofrecer una sola garantía firme de solución total no es una medida de gestión: es un sarcasmo, una burla trágica a la desesperación de un pueblo abandonado a su suerte.

Pero la afrenta no se detiene en la dilación. En un ejercicio de cinismo difícilmente superable, desde las tribunas del poder no solo se niega el auxilio inmediato, sino que se les "echa la bronca" a los agredidos, sermoneándoles con que "la violencia no es la solución". ¿De qué violencia hablan a los vecinos que ven violada su intimidad y amenazada su paz? ¿Con qué autoridad moral se atreven a reñir al ciudadano aterrorizado mientras las propias Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado son emboscadas y apedreadas en la frontera? Es una perversión del lenguaje y de la moral: se condena con palabras melifluas la lógica indignación de las víctimas mientras se atan de pies y manos a los guardias y policías que sangran bajo las piedras, obligándoles a resistir en primera línea sin los medios ni el respaldo legal indispensable para defender la soberanía del suelo que pisan.

El organismo sin defensas y los señores del zumo

Un cuerpo humano cuyo sistema inmunitario se niega a combatir la infección es un cuerpo condenado a la muerte. De la misma manera, un Estado que no moviliza sus defensas cuando uno de sus miembros es vulnerado está cometiendo una traición biológica contra sí mismo. La españolidad de Ceuta no es un capricho ni una herencia colonial de la que haya que pedir perdón. Es el fruto legítimo de la voluntad de sus propios habitantes, que ya en 1640 decidieron libremente mantener su lealtad a la Corona española y jurar fidelidad a Felipe IV. Resulta escandaloso observar cómo el Ejecutivo muestra una cobarde debilidad ante las pretensiones de un Reino de Marruecos que no nació hasta 1956, cuando la huella española en Ceuta acumulaba ya siglos de arraigo indiscutible.

Ante esta pasividad premeditada, la pregunta que quema la garganta de cualquier observador despierto es ineludible: ¿qué se busca en realidad con esta inacción? ¿Se pretende acaso ahogar a los ceutíes en la orfandad hasta que se vean obligados a malvender sus raíces y emigrar a la península? Pareciera que la meta callada fuera vaciar la ciudad de sus herederos históricos para que, lenta pero inexorablemente, aquellos señores que en público fingen moderación y solo toman zumo de naranja dejen de ser migrantes transitorios y pasen a convertirse en los nuevos sultanes de la ciudad.

El efecto dominó: la ceguera del futuro

Quien crea que la tragedia termina en la valla ceutí padece una ceguera suicida. En la dinámica de la fuerza, el cordero que se deja esquilar sin protestar termina convirtiéndose en el plato principal. Si la estrategia de la postración y el silencio fructifica en Ceuta, no hace falta poseer el don de la profecía para adivinar el capítulo siguiente. La próxima ficha en caer será Melilla, aislada y asfixiada en su propia frontera. Y tras Melilla, la mirada codiciosa del vecino del sur se posará sobre las Islas Canarias y sus codiciadas aguas territoriales, ricas en recursos y de un valor estratégico insustituible.

Mientras esta amenaza de amputación progresiva se cierne sobre el mapa de la patria, ¿qué hace el resto de la nación? ¿Seguirá la península adormecida, distraída con debates de vuelo corto y sintonizando listas de canciones de moda en sus dispositivos digitales mientras el cuerpo patrio se desmiembra? Convertir la política en un pasatiempo frívolo mientras la integridad física del país se deshilacha es la prueba más dolorosa de una sociedad que ha perdido el sentido primario de su propia conservación.

La patria no es un contrato mercantil que se pueda rescindir cuando molesta a la diplomacia partidista; es una conmoción del alma y un compromiso de vida. Es el hogar maternal que cuida, ampara y defiende a sus hijos sin distinción de geografía. Si Ceuta cae en la desesperación, si normalizamos la herida y aceptamos que sus articulaciones se rompan para no incomodar al gabinete o al vecino invasor, el cuerpo entero de España quedará mutilado, enfermo de ausencia y tullido para siempre.

A este Gobierno que pretende imponer el silencio a golpe de relato, que pide cuatro meses de resignación a los caídos y que intenta disimular su cobardía culpando a la desesperación de los agredidos, hay que recordarle la lección eterna del rector de Salamanca en su hora más amarga. Podrán valerse de la aritmética del poder, del rodillo parlamentario y del aparato mediático para sofocar la protesta momentánea. Podrán aplazar la agonía y pretender que la realidad no existe. Pero ante la historia, ante el derecho y ante la memoria de un pueblo que se niega a ser mutilado, la sentencia es inapelable: Venceréis, pero no convenceréis. Porque para convencer hay que persuadir con la razón y el amparo del derecho, y en la cobarde entrega de Ceuta, el Gobierno ha renunciado a la razón, a la patria y al honor.

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