Desde que comenzara la Semana Blanca y, ya de manera especial, desde el pasado miércoles, la marcha de ceutíes a la península ha sido cada vez mayor.
Las procesiones son las únicas que evitan que este puente dibuje una ciudad muerta, apagada, sin movimiento alguno. La realidad nos muestra una evidencia que cada vez va a más, ya que quienes no pueden marchar a la península hacen lo propio, de forma más económica, cruzando el paso del Tarajal y sorteando las eternas colas que de forma aleatoria convierten la vía en un infierno.
El debate se pone encima de la mesa, como cada vez que hay un puente: ¿puede hacerse algo por conseguir que Ceuta sea captadora de turistas y no perdedora de su propia población? Esa capacidad de arraigo a la que se alude desde hace años va perdiéndose de forma gradual en una ciudad que tampoco ofrece facilidades y atractivos a su propia gente para que no marche a buscar fuera lo que podría tener al lado. Ni la clase empresarial cumple con las políticas que luego pregona, ya que tan solo alguna de las superficies comerciales implantadas en la ciudad optó por abrir ayer, Jueves Santo, para captar las necesidades del consumidor local o del llegado desde Marruecos, país que también disfruta de varias jornadas seguidas de fiesta.
Los barcos partían entre el miércoles y ayer jueves repletos de familias que marchan fuera, mientras que la ciudad mostraba una imagen de bloqueo y parón solo salvada por unas procesiones de nivel con cofradías y hermandades implicadas para que todo salga bien. Cuando menos, ya que esta situación se repite cada vez que los festivos se encadenan con un fin de semana, esta ciudad debería hacer una obligada reflexión.
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