Hay una palabra que los ceutíes creíamos enterrada en los libros de historia: presidio. Durante siglos, Ceuta fue el lugar al que el Estado enviaba a cumplir condena a quienes quería lejos. Costó generaciones convertirla en otra cosa: una ciudad abierta, con puerto, comercio, turismo y futuro. Dos meses después de la entrada masiva, los ceutíes empezamos a sentir que la condena ha vuelto: esta vez, la nuestra. Hoy parece de nuevo una ciudad-presidio, sólo que ahora los condenados son unos 13.000 invasores (permítanme la licencia de elucubrar sobre una cifra prudente) y la condena se llama abandono.
Y no tenía por qué ser así. Pensé, ingenuo de mí, que si alguna crisis podía poner de acuerdo a toda España, era esta: una ciudad española sola ante una agresión externa. Parecía el elemento perfecto para unir a un país polarizado. ¿Qué español iba a poner pegas a condenar emergencia que no provocó, a una invasión que se intuía, a una violación de la soberanía nacional? Pues no, Ceuta se ha convertido en el nuevo escenario de la confrontación política. El Gobierno acusa a la oposición de alimentar el odio y juega la baza de la solidaridad y de los derechos humanos y la oposición acusa al Gobierno de… da igual qué, porque probablemente tenga razón. En el Congreso, el ministro de Economía despacha a la portavoz popular diciéndole que «habla de oídas», y la respuesta es amenazar con la Fiscalía. Y en medio, nosotros.
¿Es éste el precio que debemos pagar los ceutíes, y el que debe pagar España, por la lucha de poder en Madrid?
Pero antes de que piensen que me pongo melodramático, debo confesar que soy optimista por naturaleza e intento verlo desde la óptica del enriquecimiento cultural gratuito. Durante estos dos meses nos han enseñado un idioma nuevo, caído del cielo: el “subjetivio”.
El 8 de septiembre, el ministro del Interior vino a explicarnos que lo que sentimos los ceutíes es una «sensación de inseguridad subjetiva». Gracias a eso, hoy los ceutíes disfrutamos de un B-1 de subjetivio. Yo defiendo que el señor ministro cambie de cartera y defienda la de educación.
¿Cómo dicen? ¿Que no me creen? Hagamos el ejercicio, hablemos el nuevo idioma y supongamos que todo es subjetivo y veamos algunos ejemplos:
a) En subjetivio, si queremos decir que se han tramitado 5.233 expedientes de seguridad ciudadana decimos “altísima inquietud numérica”, que en español significa literalmente “un montón de incidencias”.
b) Ahora, gracias al nuevo idioma, si queremos decir que Interior elevó la protección del puerto al nivel 2, en subjetivio podemos decir “puerto con baja autoestima”, que en español se traduce como “riesgo detectado”.
c) Pero el subjetivio nos sigue sorprendiendo. Los parques sin niños se expresan como “zonas en fase de introspección lúdica”, que en español quiere decir “los padres no los llevan porque no se sienten seguros”.
d) El retraso de las escuelas infantiles también se puede formular en subjetivio como “centros en proceso de maduración emocional”, cuya traducción directa es “no pudieron abrir porque la situación no lo permitía”.
e) Eso sí, el subjetivio alcanza su máxima riqueza lingüística en el campo de la demografía. En este idioma, “contar personas” se dice calcular presencias vibracionales. Así, cuando Interior habla de 000 personas, en subjetivio sería cinco mil latidos humanos detectados. O cuando la Ciudad eleva la cifra a 13.000 personas, en subjetivio se expresa como trece mil manifestaciones corpóreas.
f) Y cuando el Estado recurre al número de comidas repartidas, en subjetivio eso se denomina censo gastronómico, cuya traducción literal al español es “no sabemos cuántos son, así que contamos platos”. En una ciudad de 83.000 habitantes, el subjetivio permite esta maravilla lingüística: sustituir la estadística por la hostelería.
En breve me examino del B-2. Pero volvamos a la crudeza de la lengua de Cervantes, siento mucho el jarro de agua fría.
Hace siete semanas escribí un artículo que terminaba con una pregunta: ¿y ahora qué? Lo escribí quince días después de que unas ochenta mil personas, según la estimación del propio Gobierno, cruzaran El Tarajal en apenas dos días. En aquel texto enumeré siete cosas que Ceuta necesitaba. Siete. No pedíamos la Luna. Pedíamos lo que cualquier español daría por supuesto si le ocurriera en su ciudad.
Hoy ya tengo la respuesta a aquella pregunta. Y no me la ha dado ningún ministro de visita en Ceuta, me la ha dado el Gobierno de España en Luxemburgo.
El jueves 1 de octubre, el Consejo de la Unión Europea aprobó definitivamente el nuevo Reglamento de Retornos, la norma que agiliza la devolución de quien no tiene derecho a quedarse. España fue el único Estado miembro que votó en contra; Bélgica se abstuvo. Para justificarlo, el Gobierno invocó en su declaración, entre otros argumentos, una palabra que conocemos bien: Ceuta. Es decir, lo han hecho en nuestro nombre, sin preguntarnos. Y deben disculparme, para mí, esa ha sido la gota que ha colmado el vaso.
Repasemos aquellas siete peticiones.
Ceuta no es una ciudad cualquiera de la Unión. Junto a Melilla, es la única frontera terrestre de Europa con África. Quien cruza El Tarajal no entra sólo en España: entra en Europa. Por eso lo que nos ocurre no se resuelve a golpe de carpas en un muelle, sino con instrumentos europeos.
Hace siete semanas terminaba diciendo que, si no tomábamos las riendas, no habríamos aprendido nada. Hoy creo que algo sí hemos aprendido, aparte de saber hablar subjetivio. Que nadie va a contar nuestra historia mejor que nosotros. Y que, si la voz de Ceuta no llega a Europa a través de Madrid, tendrá que llegar directamente: como la llevó nuestro presidente al Parlamento Europeo el 6 de agosto, y como la llevamos cada día nuestras asociaciones, nuestros vecinos y nuestros empresarios.
Ceuta lleva siglos siendo frontera. Hemos aguantado asedios, amenazas y mapas dibujados por otros. Lo que no estamos dispuestos a aguantar es que se nos trate como un problema que se gestiona a distancia, que se mida nuestro miedo con un adjetivo y a nuestra población con un menú. Dos meses después, la zona cero sigue aquí. Y nosotros también. Hoy me atrevo a decir que ya no tenemos miedo. Estamos indignados, estamos con rabia, y esta vez, señor ministro, no es subjetivo.
Juan Manuel Parrado Sobrino
La Policía Nacional ha detenido a un inmigrante de unos 30 años en el asentamiento…
Bomberos ha tenido que intervenir esta madrugada en Ceuta, en un grave incendio ocurrido en…
Con cuarenta profesionales y cuatro oficinas en Ceuta, CaixaBank afronta estos meses reforzando la atención…
El viaje interior es un ejercicio relevante, el más edificante que puede llegar a realizar…
Ha sido algo más que un gesto. En torno a 300 marroquíes han ido llegando…