Si en mi retina aún conservo el paisaje de Ceuta, si al escribir sobre ella siempre siento un eco cordial, si en mis oídos todavía guardo la resonancia de las olas del mar y si en mis sentimientos permanecen presentes tantos recuerdos de mi ciudad…, ¿qué más natural que a la hora de mis relieves espirituales o cuando mi pensamiento se desvanece para convertirse en sentimiento, me sienta obligado a comunicar muchas cosas de mi Ceuta, tantas que hasta en mi alma no haya ningún recuerdo?
¿Qué más natural que al hablar, al escribir o al recordar las evocaciones que mi alma añora de la luminosa ciudad de Ceuta intente agotar los más bonitos adjetivos que conozco?
Ahora que se acerca el otoño me viene a la memoria el color verde azulado de su cielo al atardecer, porque siempre lo he visto como un adiós iluminado, como el beso postrero de la despedida cotidiana del sol, y cómo las blancas fachadas de sus edificios parecen teñidas de un leve color añil, como si del cielo ceutí pendiese una gasa violácea…; es que, en Ceuta, lo que parece opaco es traslúcido y lo más oscuro tiene un no sé qué de claridad brillante.
En algunas noches de verano, el cendal de la niebla hialina envuelve a la ciudad y hace cambiar su color y su luz, son entonces grises o cárdenas, pero se crea en el ambiente una especie de fosforescencia que me hace pensar si es que la luz fue hecha para que la ciudad de Ceuta resaltara al cambiar de color. En invierno, la niebla mañanera tiene un particular encanto, porque en los días nublados toda la magia de ella se evapora y bajo la lluvia, la ciudad se desvanece porque Ceuta es sensiblemente colorista, pintoresca, melodiosa y sentimentalmente inefable. Sabemos que el color no se alcanza a fuerza de aplicar colores sino por obra y gracia de la reflexión de la luz.
¡Estas verdades nos revelan el secreto de lo pintoresco que es el color de nuestra ciudad!






