Tumbado en la cama, justo antes de quedarme dormido, no puedo dejar de pensar en lo que está ocurriendo estos últimos días en Ceuta, ciudad de mi pareja.
Y quizá precisamente por eso me duele de una manera diferente.
Visité Ceuta por primera vez al conocer a su familia. Hasta entonces, Ceuta era para mí un nombre en un mapa. Sabía dónde estaba, pero nunca había tenido realmente conciencia de lo que significaba aquella ciudad.
Y cuando llegué, hubo algo que me impresionó muchísimo más de lo que esperaba.
No fueron sus paisajes, sus calles, el mar o su situación geográfica. Lo que realmente me sorprendió fue descubrir, que existía, dentro de España, una ciudad en la que cuatro culturas y cuatro formas diferentes de entender el mundo podían convivir con una naturalidad que, cada vez más, parece extraordinaria.
Cristianos, musulmanes, judíos e hindúes.
No como grupos separados. No como comunidades que simplemente se toleran porque comparten un mismo espacio. Sino como personas.
Personas que trabajan juntas, salen juntas, se conocen, se respetan o incluso son del mismo grupo de amigos. Personas que pueden sentarse alrededor de una misma mesa y celebrar cosas diferentes sin que eso impida la amistad que tienen en común.
Recuerdo que fue una de las cosas que más me sorprendió de aquella primera visita. Algo que con cada visita posterior me ha impresionado todavía más.
Porque cuanto más he conocido Ceuta, más consciente he sido de que aquello que allí parece cotidiano es, en realidad, algo extraordinario.
Vivimos en un mundo en el que cada vez es más fácil dividirnos. Por religión, por ideología, por nacionalidad, por cultura, por origen. Parece que necesitamos encontrar constantemente aquello que nos diferencia de los demás para construir una frontera entre “nosotros” y “ellos”.
Y, sin embargo, en un pequeño territorio situado entre dos continentes, Ceuta demuestra que puede existir otra manera.
Por eso me da tanta tristeza pensar que todo ese equilibrio pueda estar en riesgo.
Porque lo que está ocurriendo estos días no es solamente una cuestión política, territorial o geográfica. Detrás de todas esas palabras hay algo mucho más frágil: una forma de convivir que ha necesitado décadas, generaciones y miles de personas para construirse.
Y destruir algo así puede ser infinitamente más fácil que construirlo.
Quizá ese sea uno de los grandes problemas del ser humano.
Somos capaces de dedicar años a construir algo hermoso y, sin embargo, podemos destruirlo en cuestión de días por orgullo, por miedo, por odio, por intereses políticos o, simplemente, por nuestra incapacidad para entender que el que piensa diferente no tiene por qué ser nuestro enemigo.
Me entristece pensar que una ciudad que, con todas sus dificultades y sacrificios, que se siente orgullosa precisamente de aquello que la hace diferente —su capacidad para convivir— pueda acabar pagando el precio de decisiones tomadas muy lejos de las personas que viven allí.
Porque al final, detrás de las banderas, los discursos, las fronteras, los gobiernos y los titulares de los periódicos, siempre están las mismas personas. Vecinos, familias, amigos…
Personas que probablemente nunca han tenido ningún problema con quien reza de una manera diferente, celebra otra festividad o tiene un origen distinto al suyo.
Y quizá sea eso lo que más miedo me da.
Que terminemos convenciendo a personas que durante años han convivido en paz de que deberían tenerse miedo unas de otras.
Que consigamos convertir las diferencias culturales, que deberían ser una riqueza, en una razón para separarnos.
Que acabemos destruyendo precisamente aquello que demostraba que sí era posible convivir.
No sé qué ocurrirá contigo, Ceuta, en los próximos días, ni qué decisiones tomarán quienes tienen la responsabilidad de hacerlo. Tampoco sé cómo terminará todo esto…
Pero sí sé una cosa.
Sería una enorme tragedia que el ser humano consiguiera destruir uno de los ejemplos más bonitos que tiene de convivencia precisamente por aquello que tantas veces nos ha llevado a enfrentarnos: el poder, el orgullo, el miedo y la estupidez.
Porque quizá el mayor enemigo de la humanidad nunca haya estado ahí fuera, perdido en el espacio. Quizá siempre hemos sido nosotros mismos nuestro mayor enemigo…
Por eso, mientras pienso en Ceuta antes de quedarme dormido, no puedo evitar sentir tristeza.
Pero también algo de esperanza.
Porque si algo merece la pena defender de aquella ciudad no son solamente sus calles, sus edificios o sus fronteras. Es algo mucho más importante.
Es la idea de que cuatro culturas diferentes puedan seguir compartiendo una misma ciudad sin dejar de ser quienes son.
Que convivir no significa pensar igual. Que respetar no significa renunciar a las propias creencias.
Y que quizá la verdadera grandeza de una sociedad no se mide por lo poderosa que es, sino por su capacidad para permitir que personas diferentes vivan juntas sin tener que dejar de ser diferentes.
Ojalá Ceuta, no pierdas eso.
Ojalá no permitas que el miedo, el odio o los intereses de unos pocos destruyan lo que generaciones enteras tardaste en construir.
Porque si algún día desaparece algo tan excepcional como esa convivencia, quizá no hayamos perdido solamente Ceuta. Habremos perdido la esperanza de que los seres humanos como sociedad, también somos capaces de hacer las cosas bien.
Y quizá, en un mundo que cada vez parece más empeñado en separarnos y dividirnos, Ceuta es el ejemplo vivo de algo que deberíamos proteger por encima de todo.
Ojalá Ceuta no te pierdas y vuelvas a ser tu.
Jaime Iturbe
Caballa adoptado.
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